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Un lutier en San Salvador

Mauricio Benjamín Solís se dedica a reparar instrumentos de cuerda frotada. En su taller Instruments Workshop, hay violines o chelos rotos, gastados o dañados por la humedad. Él los toma por días o meses y les dedica tiempo, los pule, los barniza con sustancias especiales, y les da una nueva vida.
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Mauricio Benjamín Solís creció entre música. A los siete años comenzó a tocar un violín, uno de dimensiones menores a las usuales y que ahora toma de un estante para mostrarlo como un trabajo de restauración que le abrió el camino hacia lo que hace hoy.

Este violín lo reparó un estadounidense que llegó al país desde Misuri como invitado para instruir a otros en el oficio de lutier. Un lutier es quien repara y fabrica instrumentos de cuerda frotada. “Yo anduve ayudándole con la traducción. En el grupo no hubo nadie que se interesara en aprender, entonces él me dijo que, si yo quería, él me podía enseñar más”, cuenta Solís mientras sostiene entre sus manos las filosas herramientas con las que trabaja.

Desde aquello han pasado ya siete años. Solís lo dice con un delantal puesto. Es de material resistente y lo usa para evitar lastimarse cuando repara instrumentos. En su mesa de trabajo de su taller –llamado Instruments Workshop– hay dos violines, uno tiene roto un extremo y al otro le faltan piezas. “Se le cayó a un niño”, dice de uno. Y así un descuido que pudo durar segundos se convierte en un trabajo de reparación que puede durar mucho tiempo. Entre conseguir la madera o escoger los pelos de cola de caballo para el arco, Solís invierte horas, días, meses.

La paciencia es uno de los principales ingredientes de este trabajo. El otro, que lo pone Solís, es la pasión por los detalles. “Para hacer la curvatura, no se dobla la madera, se talla”, dice mientras coloca las manos sobre el instrumento de manera delicada, pero decidida. La madera se talla con diferentes medidas, y para cada medida hay una herramienta. “En el país sé que hay otra persona que se dedica a esto, pero también ejerce de abogado y tiene menos herramientas”, cuenta desde esta casa de la capitalina colonia Roma.

Los problemas comunes de estos instrumentos vienen de la mano de la lluvia y de la humedad. “Se les despega el mástil o el cuerpo del clavijero”, explica Solís. “El instrumento lleva tres maderas principales. Abeto, arriba y abajo, maple en los costados y también llevan ébano, aunque los modelos más económicos ya no llevan ébano”, indica. Solís sabe que unos milímetros más por un lado o por otro, la calidad de la madera, la porosidad del cabello de caballo y tantos otros detalles inciden directamente en el sonido que emita el instrumento. “Hay más dulzura”, ilustra.

Del violín accidentado dice que hay reemplazar una pieza, trabajar el barniz y resolverle otras cosas. La mayoría de violines que hay en el mercado salvadoreño son de fabricación industrial, cuestan alrededor de $75 cada uno. Pero hay otros a los que se les tiene que dedicar un esfuerzo más grande. “Este se tiene que abrir porque por dentro se le ha zafado una pieza. Este es de los mejores violines que hay, por su fabricación. Este es un Suzuqui y en el año que se fabricó tenía un precio original de unas cinco veces lo que cuestan los que hay aquí en el mercado ahora, este fue fabricado hace 15 años. Imagínese el valor que tiene hoy”, detalla.

Solís ha estado siempre entre música. Su padre es pianista y compositor. Y sus hijos no se han escapado de la fiebre del violín. Hace poco más de dos años, comenzó a hacer una pregunta a cuanto joven se acercaba a su taller con algún instrumento por reparar: “¿Y a vos no te gustaría formar parte de una orquesta que le cantara al Señor?” Después de recibir varias respuestas afirmativas, hizo la convocatoria oficial para formar la Orquesta Sinfónica Cristiana de El Salvador.

Ahora esta orquesta tiene 100 miembros, tres de ellos tienen nueve años de edad y el músico de mayor edad tiene 89. Cada vez que encuentran dónde y cómo, realizan recitales. “La palabra ‘cristiana’ nos cierra algunas puertas, pero no queremos ‘truquear’ cosas ni negar al Señor”, asegura Solís.

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