Un país daltónico

Ninguno de los dos ha demostrado, en sus respectivos períodos al mando, ser capaz de llevar a nuestro país lejos de la mafia de las pandillas, la oscuridad de la delincuencia, la pobreza o la deficiente educación.
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En las últimas semanas, nos hemos visto rodeados por una ráfaga de eventos cruciales que en el futuro, serán parte de los hitos en la historia de nuestro país: la muerte del expresidente Francisco Flores, las revelaciones sobre la “no” tregua con las pandillas y las declaraciones del también expresidente Mauricio Funes.

Estos sucesos han gozado de gran cobertura mediática y han causado un sinfín de opiniones y comentarios que, una vez más, revelan el inmenso grado de polarización que impregna al país. Lo preocupante es cuando las discusiones –a pequeña y gran escala– se enfrascan en los colores de los partidos políticos que están detrás de los hechos.

Los hitos antes mencionados deberían convertirse en pivotes para la reflexión profunda a nivel país sobre el funcionamiento de las instituciones, el rol de la transparencia y la auditoría social, el manejo de los fondos públicos y demás honduras, que van mucho más allá de quién es tricolor o quién cree que el cambio viene.

El estancamiento político que vive El Salvador se ve potenciado por la polarización que opaca el pensamiento de los ciudadanos, quienes parecemos más interesados en enfrascarnos en conversaciones obsoletas sobre qué partido hizo qué primero, o robó más, o fue más inepto. Nos está costando levantar la mirada para reflexionar sobre el futuro a escala país, el que no debería distinguir colores, sino ideales.

Si hay algo que nos debería quedar claro es la obsolescencia de los partidos políticos salvadoreños. Con su forma de hacer las cosas y su manía por tirarse la papa caliente, escapando –según ellos– del escrutinio público, lo único que logran es demostrar la incapacidad para manejar la crisis en la que ambos están sumergidos hace ya varios años.

El FMLN no ganó las últimas elecciones presidenciales con holgura; ARENA no pudo recuperar el poder que dio origen a la famosa frase de “los 20 años”. Ninguno de los dos ha demostrado, en sus respectivos períodos al mando, ser capaz de llevar a nuestro país lejos de la mafia de las pandillas, la oscuridad de la delincuencia, la pobreza, o la deficiente educación.

Entonces, ¿vale la pena que los ciudadanos sigamos rasgándonos las vestiduras por uno u otro? El peligro de la polarización y la inmensa distancia de opiniones es que se convierten en un velo que nubla la capacidad crítica y objetiva de los hechos.

Obviamente, a los partidos políticos les favorece contar con un ciudadano que los defienda ciegamente y les entregue su voto sin importar los por qués. Pero, a los ciudadanos, nos conviene tener a políticos que tengan que comprobar día a día, con acciones e ideas bien planteadas, su valía y su capacidad de gestión pública.

Ojalá que eventos tan trascendentales para nuestro pequeño país no se vieran minimizados por pláticas perversas sobre nuestros decrépitos partidos políticos; muy por el contrario, ojalá fueran la catapulta para conversaciones reflexivas sobre temas país, que muevan la aguja en institucionalidad, transparencia y anticorrupción.

Veamos más allá de los colores. Discutamos más allá de los colores

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