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Un país sin hombría

No debe haber necesidad de pensar que tal o cual mujer podría ser mi mamá, mi hija o mi hermana para tratarla con respeto y justicia. Debe bastar saberlas seres humanos, iguales en dignidad y en responsabilidades.
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Ser un macho alfa es prioridad para todo hombre salvadoreño. Legitimarnos como “bien hombre” nos equivale a lo intacto que “debe estar” el himen de una mujer soltera: alguna duda de estos condicionantes implica un menoscabo automático de nuestro valor como persona.

¿Pero, qué es ser bien hombre? En un país tan enfermo como el nuestro –aceptémoslo, estamos lejísimos de ser una sociedad saludable en el área psicológica y emocional–, la respuesta se reduce a aspectos burdos y primitivos. Tener pelo en el pecho, determinadas formas de caminar y hablar, la habilidad innata de violentar al sexo opuesto con piropos ofensivos y, por supuesto, la capacidad de convencer a la mayor cantidad de mujeres para poseer su sexo y luego desecharlas es, en resumen, ese modelo de macho alfa de casi todo salvadoreño.

Por eso es que nada nos ofende más que cuando dudan de nuestra virilidad y heterosexualidad. Por eso iniciar actividades sexuales en edades tempranas solo es bien visto si se tiene pene y testículos. Por eso creemos que las mujeres piden ser violadas porque se visten “para provocarnos”, y desvirtuamos delitos como el estupro al alegar que la niña es caliente, regalona, ofrecida, putita.

Que cada hora queden embarazadas tres niñas en El Salvador –según los datos más recientes del Fondo de Población de las Naciones Unidas, UNFPA– es solo un reflejo del mal que hace el machismo estructural. Ese mismo que, luego de un embarazo, avienta la responsabilidad exclusivamente a la mujer, como si ella tuviera algún mecanismo hermafrodita que la capacitara para concebir por su cuenta.

Somos los hombres los que más maldecimos y escupimos a una mujer o niña que ha experimentado un aborto. Le deseamos que se pudra sin verificar si fue intencional o accidental y no consideramos que los abortos espontáneos sean más comunes de lo que parecen –puede ocurrir un promedio de 20 abortos por cada 100 embarazos, y la edad, el ambiente y hasta la salud del padre pueden incidir en ellos–. Eso sí, jamás contemplamos que, así como participó en el coito, la responsabilidad ante una pérdida del embarazo, sea delito o no, también la debe tener un hombre.

Los salvadoreños estamos animalizados. Mientras más macho somos, también somos menos hombre. La hombría, como la Real Academia de la Lengua Española define, es esa “cualidad buena y destacada del hombre, especialmente la entereza, valor, probidad, honradez…”. ¿Qué de íntegro puede ser cosificar a la mujer? ¿Qué valor de hombre puede existir al usarla, desecharla, juzgarla y menospreciarla? ¿Cómo podemos tener entereza si las consideramos débiles, incapaces, inferiores?

Ser bien hombre va más allá de las glándulas reproductoras que poseamos. Para intentar serlo deberíamos, cuando menos, obrar con responsabilidad y respetar a todos por igual. También asumir un rol activo –no solo colaborador– en las responsabilidades paternales y domésticas. Parar de asumir como insulto cualquier alusión a lo femenino. Reconocer que tenemos emociones y sentimientos. Llorar cuando lo necesitemos.

No debe haber necesidad de pensar que tal o cual mujer podría ser mi mamá, mi hija o mi hermana para tratarla con respeto y justicia. Debe bastar saberlas seres humanos, iguales en dignidad y en responsabilidades. Y mientras no consigamos entender esto, no seremos verdaderos hombres. Y nuestro país seguirá reproduciendo los círculos de violencia que no nos dejan avanzar

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