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Un poco de cortesía

Estamos todos amontonados, compartiendo espacio, aire, nacionalidad, idioma, quién sabe cuántas cosas más, pero no nos vemos, no nos conocemos, no nos interesamos.
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El tráfico estaba insufrible. La línea de vehículos rumiaba en medio del calor del mediodía, demasiado juntos entre sí, en el afán de buscar un espacio para avanzar. El auto gris cruzó a la derecha, un alivio momentáneo para quienes les seguían en la fila. El freno repentino hizo que los de atrás le pitaran. La figura de una mujer mayor, flaca y pequeñita, permanecía parada, incrédula, mientras el conductor le hacía señal de que cruzara la calle, que le cedía el espacio, que no la iba a arrollar.

La mujer avanzó mientas sostenía en una mano una bolsa de manta, y en la otra, un pequeño teléfono, de esos de baja gama que pueden comprarse a $12 con $5 de bono de saldo. En el rostro arrugado y moreno bajaban lágrimas, muchas, que contrastaron en ese momento en que la amabilidad del conductor le sacó una sonrisa.

En un país donde las malas noticias están a la orden del día, con el estrés de trabajos en los que nos matamos para ganar sueldos que no nos alcanzan, en medio de caos en las calles, en las oficinas, en los mercados, con la incertidumbre y el miedo como sentimientos cotidianos es fácil encerrarse en sí mismo y optar por ignorar al otro. Al otro con sus luchas, al otro con sus necesidades, al otro con sus problemas, al otro con su humanidad.

Estamos todos amontonados, compartiendo espacio, aire, nacionalidad, idioma, quién sabe cuántas cosas más, pero no nos vemos, no nos conocemos, no nos interesamos. Y mientras más difícil se pone todo, más cuesta pensar en el otro, cada quien sigue en su lucha, crece la apatía y nos desinteresamos, preferimos no voltear a ver.

¿Qué podemos hacer? No es cuestión de tomar los hábitos de monje e ir a servir a la humanidad –aunque sería bueno–, pero rompamos los esquemas de apatía, de grosería, de violencia. Un saludo, un gesto de cortesía, ceder el paso, no nos quita nada, no nos volverá más pobres, no nos quitará calidad de vida, y quizá para la persona que lo reciba, ese pequeño gesto de amabilidad podría ser lo único bueno de su día.

Me ha pasado. He tenido días horribles, he estado en situaciones en la que la esperanza no me parece más que una palabra inventada para consolar a los crédulos, y de pronto, de la nada, algún extraño me ha recordado que no, que la esperanza no está muerta, que no todo se ha perdido y que la humanidad también tiene, aún, mucho de bueno.

Así que en esta vorágine que nos toca llamar vida mi invitación es a ir contra la corriente. A lo mejor no le van a contestar el saludo, quizá el que está detrás suyo le pitará porque usted se detuvo para ceder el paso, puede ser que la persona a la que usted le tendió la mano el día de mañana le pague mal, pero que esto no lo desanime.

Vayamos por la vida desentonando, como decía Quino en una tira de Mafalda: Desentonemos con tanto negativismo, con el egoísmo, con el individualismo. Hagamos un esfuerzo, porque sí, lo reconozco, no es fácil, pero hagamos esta lucha diaria. Tratemos de ser luz, de ser esperanza, de ser cambio.

Tratar de ponerse en los zapatos del otro es un buen comienzo, un paso al que le seguirán otros, como dar sin recibir recompensa ni reconocimiento, ayudar sin esperar un agradecimiento, involucrarse en causas solidarias, dar algo de lo poco que tengo. Pequeños pasos, sí, que se vuelven los adoquines de esa ruta anhelada que muchos llaman paz, una que venimos anhelando desde hace varias décadas, y que no hemos podido transitar.

Recordemos, somos humanos.

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