“Un ser querido no se borra nunca”

Hubiera sido esperanzador que el presidente de la República, en su calidad de comandante general de las Fuerzas Armadas, ordenara al ministro de Defensa abrir los archivos de la institución.
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La primera vez que la vi, Milagro narraba frente a las cámaras de un grupo de estudiantes de la Universidad de Washington lo que ocurrió el 15 de octubre de 1981 durante la masacre de La Quesera, en Usulután. La invasión de la Fuerza Armada, el miedo de morir, la huida con los niños, la persecución sin descanso, la balacera, y finalmente, la emboscada donde los soldados le quitaron a su hijo Nicolás, de cuatro años, y Marisol, de tres años de edad. Durante ese operativo de tierra arrasada los soldados asesinaron alrededor de 500 civiles y 24 niños fueron desaparecidos.

Tres décadas después de la tragedia, Milagro afirma en el video titulado “Todavía los buscamos: Los niños desaparecidos de la masacre de La Quesera, El Salvador”, que “un ser querido no se borra nunca… solo en el momento en que estoy dormida, pero siempre con esa alegría en mi corazón de revivir a mi hijo o a mi hija… aunque ‘seya’ el último momento de mi vida”.

Lo que nunca imaginé es que a principios de 2015, mientras yo observaba con impotencia, la angustia y zozobra de esta madre campesina, Nicolás, su hijo desaparecido también veía en Australia el mismo video. Al finalizar el testimonio de Milagro, el hermano adoptivo preguntaba a Germán “¿y si esa señora fuera tu mamá biológica”.

Para mi alegría infinita, el hermano adoptivo de Nicolás tenía razón, la investigación obstinada y minuciosa de Pro Búsqueda había resultado. Por fin, Milagro volvería abrazar al hijo que la Fuerza Armada le arrebató durante la guerra civil salvadoreña.

El sábado 15 de enero de 2016, acompañado de sus hijos, esposa y familia adoptiva, Germán Zamora viajó desde Australia hasta el cantón Linares Caulotal para reencontrarse con Milagro del Pilar Martínez, la madre que, para reconciliarse, necesita saber a dónde fueron a parar sus hijos.

Después de haber visto el abrazo inolvidable del reencuentro entre Milagro y Nicolás, no creo que el perdón ofrecido por el presidente de la República, Salvador Sánchez Cerén, en su calidad de comandante general de la Fuerza Armada, haya sido el anuncio que los familiares de desaparecidos esperaban. Tampoco creo que la elaboración del Registro Único de Víctimas y Familiares para indemnizar a quienes sufrieron graves violaciones a los derechos humanos, sea suficiente.

Hubiera sido esperanzador que el presidente de la República, en su calidad de comandante general de las Fuerzas Armadas, ordenara al ministro de Defensa abrir los archivos de la institución. Eso sin duda aumentaría el número de reencuentros entre niños desaparecidos durante el conflicto y sus familiares. Además, hubiera podido anunciar que todas las embajadas y consulados salvadoreños alrededor del mundo se sumarían en una campaña permanente de búsqueda de estos niños. Más abrazos apretados. No hubiera estado demás reiterar que el Estado salvadoreño no se conformaría con el cumplimiento de las sanciones que la Corte Interamericana impuso por las graves violaciones a los Derechos Humanos. Solo así, la petición simbólica de perdón a las víctimas del conflicto se hubiera convertido en un verdadero motivo de celebración.

Me queda claro que para celebrar la paz, hace falta comprender lo que significa la reconciliación para las víctimas. Se trata, como dice el director de Pro Búsqueda, Eduardo García, de que las víctimas “puedan reconstruir su historia, saber sus orígenes, saber qué pasó, cómo pasó, poder contarlo y regresar la identidad a ese núcleo familiar. Ese es el resarcimiento”

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