Un tal William Shakespeare

Usted, su familia, incluso yo, incluso la reina Isabel misma seremos todos recordados únicamente por el hecho de haber tenido el honor de vivir en el mismo momento en que su esposo ponía tinta sobre papel.
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Hacia el final de la película “Anonymous” (2011) del director Roland Emmerich, Edward de Vere, conde de Oxford, manda a llamar a su lecho de muerte al poeta Ben Jonson. Este acude de inmediato. De Vere le hace entrega de varios de sus manuscritos, entre ellos los de un par de obras de teatro llamadas “El rey Lear” y “La tempestad”.

Jonson sabía lo que debía hacerse. Durante años había obrado como intermediario entre el conde de Oxford y un actor mediocre, desagradable y oportunista llamado William Shakespeare, quien se hacía pasar como el verdadero autor de las obras teatrales más populares de aquel tiempo. Por su condición de noble, Oxford prefería mantenerse en el anonimato pero al mismo tiempo quería someter su obra al público. Entonces conoció al actor Shakespeare, quien a cambio de dinero y de asumir la fama, accedió a ser usado como personaje de sí mismo, guardando en secreto la identidad de Oxford.

La película basa su guion en una de las varias teorías que dudan sobre la identidad del escritor William Shakespeare. Esas dudas comenzaron 150 años después de su muerte, cuando investigadores descubrieron que las obras registradas bajo el nombre de Shakespeare estaban vinculadas a un actor teatral nacido en Stratford-upon-Avon.

La fecha exacta del nacimiento de William Shakespeare es desconocida, aunque se toma como precedente su registro de bautizo del 26 de abril de 1564. Se calcula que la fecha de nacimiento fue tres días antes, el 23 de abril, lo que convierte en una coincidencia curiosa el hecho de que la fecha de su muerte ocurriera también un 23 de abril, en 1616. Curiosa pero no imposible.

Pero la reconstrucción documental de la vida de Shakespeare tiene lagunas que contribuyen a la duda sobre su identidad. Hay registro de su matrimonio en 1582 con Anne Hathaway, cuando él tenía 18 años. No hay mucha información sobre qué ocurrió con Shakespeare en la década siguiente, aunque se sabe que después de nacidos sus tres hijos, dejó Stratford para mudarse a Londres. Ya en la ciudad comenzó a escribir, pero se ignora el año exacto. Su esposa y dos de sus hijas quedaron en Stratford y pasaron penurias económicas. El hijo varón de Shakespeare falleció en 1596.

De esos primeros años de Shakespeare en Londres tampoco se tiene información. Es hasta 1592 que vuelve a aparecer algo, cuando un crítico teatral llamado Robert Greene habla con algo de desdén sobre la obra de un tal William Shakespeare. La crítica, publicada en un periódico londinense, da a entender que Shakespeare comienza a ser conocido entre los escritores y el mundo teatral, aunque no con buena fortuna.

Otro motivo de confusión para establecer la verdadera identidad del escritor son algunos documentos firmados por Shakespeare, donde la rúbrica presenta seis variantes diferentes en la forma de escribir el apellido. Ninguna de dichas variantes es la que conocemos en la actualidad. Grafólogos que las analizaron aseveran que fueron hechas por la mano de un hombre con poca instrucción. Esto vendría a reforzar una línea de argumentación que sostiene que es improbable que un hombre sin educación formal pudiera haber escrito aquellas obras, no solamente por la elevada factura lingüística de Shakespeare, sino también por la vastedad de los conocimientos contenidos en ellas.

Por ejemplo, en un artículo titulado “Truth vs. Theory”, publicado en la revista City Journal, Theodore Dalrymple (médico retirado, columnista y editor estadounidense) analiza varios ejemplos de escenas de muertes y descripciones de cadáveres contenidas en las obras de Shakespeare. Las descripciones, según Dalrymple, están hechas con la precisión de alguien que conoce a fondo el tema del que está hablando. Lo cual no descarta que Shakespeare haya hecho lo que es práctica común entre los escritores: la investigación y el autodidactismo.

La especulación sobre algunos nombres comenzó a surgir en el siglo XIX, cuando se propagó la idea de que el verdadero autor de las obras atribuidas a Shakespeare era nada menos que el escritor y filósofo Francis Bacon. En el siglo XX cobraría fuerza la teoría de que el conde de Oxford, Edward de Vere, era el autor detrás de la obra de Shakespeare. También se especuló si fue un grupo de cinco o seis escritores el que habría usado el nombre de Shakespeare, para ocultar sus identidades y poder representar obras teatrales cuyo contenido podía considerarse peligroso en el ámbito político.

En la siguiente escena de la película “Anonymous” que mencioné al inicio de esta columna, cuando Jonson sale de la habitación del agonizante, se encuentra con la esposa del conde de Oxford, quien siempre se opuso a que su marido escribiera. Ella le increpa: “Usted, sus amigos, su teatro blasfemo no han hecho más que traer ruina y deshonra a esta familia”. A lo que Jonson, quien no pertenece a la misma alcurnia, se le planta de frente a la señora y le contesta: “¿Ruina? ¿Deshonra? Señora mía, usted, su familia, incluso yo, incluso la reina Isabel misma seremos todos recordados únicamente por el hecho de haber tenido el honor de vivir en el mismo momento en que su esposo ponía tinta sobre papel”.

Ben Jonson, contemporáneo real de Shakespeare, llegó a tener tal importancia como poeta y dramaturgo que fue considerado el segundo mejor escritor de Inglaterra, después de Shakespeare.

Aunque sigue siendo mayor el grupo de académicos que puede rebatir cada una de las dudas sobre la existencia de Shakespeare, los vacíos y las aparentes incoherencias sobre su vida no dejan de ser un material interesante, pasto propio para un drama o una comedia shakesperiana.

La belleza lírica, el conocimiento minucioso de la naturaleza humana, el aporte lingüístico de las palabras y expresiones inventadas o registradas por Shakespeare por primera vez en sus obras son nada más algunos de los muchos motivos por los cuales la obra del inglés sigue siendo leída y estudiada al día de hoy, 400 años después de su muerte.

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