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Una generación dormida.

Ninguna de esas dos encrucijadas ha llevado a los salvadoreños a las calles. Ni saber que los recursos naturales se nos acaban ni que la última “reforma” a los ahorros previsionales no conlleva cambios sustanciales.

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El cañal centroamericano está ardiendo y somos testigos a quemarropa. De hecho, el fuego ya llega a la puerta de nuestra casa. Las llamas de Nicaragua han sido las últimas en encenderse, algo que pocos pensaban posible en el corto plazo. Todos los países que nos rodean –Guatemala, Honduras y ahora la Nicaragua de Daniel Ortega– han vivido revueltas sociales en los últimos años. Cada uno por diferentes motivos pero siempre teniendo como protagonista a la sociedad civil. Unos se cansaron de la corrupción, otros marcharon contra el fraude electoral y los últimos, los nicaragüenses, por unas reformas al sistema de pensiones que afectaban a la población. El Salvador, rodeado y expectante, se limita a mirar el incendio de los vecinos.       

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