Una realidad que calla

Para los cinco hermanos Andrade, hasta el entorno más ruidoso es un silencio profundo. Durante décadas, creyeron ser los únicos sordos en el mundo y desarrollaron su propio código de comunicación. Ahora, un programa de alfabetización pretende reconfigurar su manera de asimilar la vida. Pero, aun así, no dejan de ser el reflejo de una realidad que parece no tener en su lista de prioridades las garantías para las personas con discapacidad.
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<p></p><p></p><p></p><p>Fotografías de Víctor Peña</p><p></p><p></p><p>“</p><p>¿Qué le pasa, señora?”, le dijeron los policías a Dinora al verla alterada. No respondió. Se miraba agitada, nerviosa. Le volvieron a preguntar. Su boca siguió sin emitir sonido alguno. Estaba en la delegación policial de Apastepeque, San Vicente, y tenía cara de necesitar ayuda. Jadeaba.</p><p></p><p>Empezó a mover sus manos. Estiraba sus brazos, movía sus dedos, hacía gestos, balbuceaba sonidos que no alcanzaban a ser palabras, ni sílabas. No le entendieron hasta que, como en un juego de mimos, se hinchó el pecho, hizo un rostro furibundo y el ademán de un golpe. Se agarró el cuello con las manos e indicó hacia la dirección de la que venía.</p><p></p><p> —¡Ah! ¿Un hombre le pegó? -le dijo uno de los agentes como niño regocijado por haber resuelto una adivinanza.</p><p></p><p>Dinora, sorda de nacimiento, le tomó el brazo a uno de ellos y lo jaló para que la siguiera. Los policías solo resolvieron llevarla al juzgado de Familia de San Vicente. Ahí, con más tranquilidad logró hacer mímicas más claras. Le entendieron que quería denunciar a su marido por haberla maltratado. A punta de especulaciones y deducciones le ayudaron a hacer una denuncia formal. Dinora, quien a sus 35 años no sabía ni firmar, solo estampó la huella de su pulgar derecho. </p><p></p><p>Esa denuncia provocó que Marlon, esposo de Dinora, fuera citado y obligado a garantizar una cuota alimenticia para sus tres hijos. Semanas después, a Dinora y a sus otros cuatro hermanos sordos les llegaron a proponer clases para que aprendieran a leer y a escribir, con técnicas adecuadas a su discapacidad. Aceptaron. Un capacitador voluntario llegó a mostrarles las letras, palabras y significados, además del lenguaje de señas que predomina en El Salvador. </p><p></p><p>Han pasado seis meses desde que recibieron las primeras enseñanzas. Ahora, sus primeros contactos con la educación peligran ante la falta de recursos del programa de alfabetización que los ha cobijado. En un país donde ni siquiera hay un listado actualizado de habitantes con discapacidad, el analfabetismo entre esta población podría llevar las de ganar.</p><p></p><p>Hoy es miércoles y aquí en Cutumayo, Apastepeque, hace un calor de mediodía a pesar de que a penas son las 9 de la mañana. Griselda –morena, baja, seria y de ojos meditabundos–, hermana mayor de Dinora, está trapeando el piso ocre de un corredor. La casa es de ladrillo y concreto y no tiene una sola gota de pintura encima. Como si fuera papel tapiz, las paredes chorreadas de cemento tienen prendidos ocho calendarios con diferentes motivos y nombres de ferreterías y agroservicios. </p><p></p><p>En breve Griselda y sus hermanos conocerán cómo se escriben y se expresan en lenguaje de señas al menos una decena de palabras nuevas. Por eso ella y su hermana menor, Jeanette, también sorda, están preparando el espacio donde recibirán la clase organizada por un programa de atención a personas con discapacidad del Ministerio de Educación.</p><p></p><p>En pocos minutos, Roberto Andrade, patriarca de esta familia, vendrá de trabajar en la milpa y el frijolar y dirá que Griselda fue la única a la que llevaron a un hospital para saber por qué no podía oír. “Cuando vimos que hasta le gritábamos a la cipotía chiquita y ni se mosquiaba, la llevamos al Bloom. Pero el doctor que la vio dijo que iba a hablar, que era bien buza”, dirá después de sentarse en una silla de madera y estirar los pies llenos de lodo. También recordará que nada de lo que él y su esposa hicieron le ayudó escuchar. Agregará que, de 11 hijos que trajeron al mundo, cuatro más les nacieron sordos. “Con los demás nos resignamos. Y nos las arreglamos para que entendieran algo a puros mates. No costó tanto porque salieron bien vivos”. </p><p></p><p>Los cinco hermanos Andrade forman parte de un listado de salvadoreños con discapacidad que no se actualiza desde 2007. El último registro que arrojó el censo de población de hace cinco años indica que hay 27,230 salvadoreños con sordera, y un total de 32,270 que no pueden hablar. A pesar de eso, estos cinco hermanos, por estar aislados de la zona urbana y no tener interacción más que con su familia y algunos vecinos, creían que eran los únicos sordos en el mundo.</p><p></p><p>Por el momento, Griselda sigue aseando el corredor de esta casa. Ahora acomoda una mesa vieja de madera cerca de una ventana. La cubre con un mantel color de pulpa de aguacate y le pone encima un cuaderno y un libro. Aunque en estos momentos hubiera alguna balacera provocada por la pandilla que pulula en la zona, o se originara alguna explosión en los alrededores, Griselda ni se mutaría. A lo sumo, percibiría vibraciones.</p><p></p><p>Griselda mueve la mano izquierda –como cuando se saluda de lejos– para llamar la atención de su hermana menor. La agita de arriba a abajo para indicarle que debe apresurarse. Luego mueve sus manos como si barriera con una escoba imaginaria. Jeannette –24 años, morena, con cara y complexión de quinceañera– ha entendido que debe agilizar el paso y barrer los tres cuartos de la casa antes de que llegue el instructor. Asiente con la cabeza y se mete a uno de los cuartos.</p><p></p><p> Estos hermanos tienen su propio código de comunicación. Inventaron ademanes junto a sus padres. Así pueden desenvolverse en sus actividades, que se han limitado a oficios domésticos y trabajos del campo. Para ellos, trabajar es hacer con la mano derecha el movimiento que se realiza al cortar la maleza. Simular a un hombre que orina –de pie– es decir papá, y tocarse el pecho izquierdo significa mamá. Con personas ajenas a la familia, la comunicación parece más un concurso de adivinanzas. </p><p></p><p>El instructor ha llegado. Es un hombre robusto, trigueño y de ojos verdes. Se llama Miguel Rivera, pero los hermanos Andrade se refieren a él cuando se señalan los ojos. Viene acompañado de su hijo Samuel, quien en unos días cumplirá 11 años. Parece una réplica en miniatura de su padre, y quedó sordo a los dos años. Griselda y Jeannette los saludan. </p><p></p><p> —¿Dónde-están-sus-hermanos? Ya-es-hora-de-la-clase –les pregunta Miguel con palabras lentas, gesticulaciones exageradas y ademanes adecuados al lenguaje de señas que predomina en El Salvador, el LESA. </p><p></p><p> Griselda serpentea su mano izquierda y mueve sus brazos como restregando un trapo sobre un lavadero. Luego se toca el cabello ondulado y le muestra dos dedos. Miguel entiende que Dinora y Marina, las otras dos hermanas, están lavando en el río que está a pocos metros del terreno de la familia Andrade. Cuando Miguel pregunta por Alonso, único sordo de sexo masculino en la familia, Griselda le indica que está en la milpa trabajando con su padre. </p><p></p><p>Miguel pide que vayan a avisarle a Alonso y decide ir a buscar a sus otras dos alumnas. Camina con Samuel por una vereda fangosa hasta llegar a una quebrada cuya agua tiene el color de la horchata. Para descender es inevitable pisar unas piedras grandes invadidas de musgo. Así que Miguel le indica a su hijo que no debe cruzarlas, que lo espere, porque las piedras parecen inestables. Samuel, con una expresión de no estar conforme con la orden de su padre, obedece.</p><p></p><p>Lo que Miguel no quiere es que Samuel sufra otro accidente como el que lo dejó sordo a los dos años. El 23 de noviembre de 2003, cuando los medios de comunicación fomentaban una cadena nacional de oración por la paz, el pequeño jugaba en un columpio. Su madre decidió unirse a la oración y lo dejó solo durante unos minutos. El niño perdió el equilibrio y se fue para atrás. Rebotó con la cabeza. Se le hizo una herida cerca de la frente, por la que se introdujo una bacteria que le causó una meningitis. Pudo quedar cuadrapléjico, con un retraso mental severo o hasta morir. Pero lo que esa inflamación cerebral le provocó fue que se le quemara la cóclea, una especie de caparazón del oído interno que transforma los sonidos en mensajes nerviosos y los manda al cerebro. Desde entonces dejó de oír.</p><p></p><p>La única solución que les han ofrecido a Miguel y a su esposa es un par de audífonos que le amplificarían los sonidos, pero cuesta más de $2,000. Y con el puesto de pupusas y riguas que Claudia, esposa de Miguel, tiene cerca de uno de los parques de Cojutepeque; más los pocos ingresos que reciben del puesto de ventas varias de Miguel, apenas les ajusta para que subsistan con Samuel y otros dos hijos. “Todavía tenemos la fe de que algún día vamos a poder ahorrar ese dinero, más que la sordera le va progresando con el tiempo”, asegura Miguel, con más resignación que esperanza, antes de cruzar las piedras musgosas. </p><p></p><p>Él y su esposa aprendieron el lenguaje de señas y lo inscribieron en la escuela de sordos de Cojutepeque, una de las cinco escuelas para sordos diseminadas a lo largo del país. Samuel es uno de los 30 de cada 100 niños con discapacidad que en Latinoamérica y el Caribe puede acceder a la educación, según las estimaciones de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Está cursando cuarto grado. “Si no le hubiera pasado ese accidente a mi hijo, yo sería como las demás personas que menosprecian a las personas con discapacidad”, acepta Miguel luego de atravesarse varias piedras y llegar al otro extremo de la quebrada. </p><p></p><p>A pesar de que debería estar en el puesto, los miércoles deja a cargo del negocio a uno de sus hijos para viajar hasta este lugar. No recibe ninguna paga por el apoyo que le da a esta familia. Lo único que los coordinadores del programa le garantizan es el transporte de ida y de vuelta, pero estas últimas tres semanas no le han dado ni eso. Aunque ha venido a pie un par de ocasiones, el acoso de los pandilleros de la zona lo ha hecho considerar esperar a que vuelva a haber transporte. A pesar de todo, hoy decidió venirse por su cuenta, para que sus alumnos no retrocedan en su aprendizaje. Caminó alrededor de siete kilómetros, porque el camión que lleva de Cutumayo hasta San Vicente solo pasa una vez en el día.</p><p></p><p>Ya del otro lado del riachuelo ha encontrado a Dinora y a Marina aporreando trapos dentro del agua color horchata. Las saluda y les pregunta, siempre en lenguaje de señas, por qué no están listas para la clase. Dinora –delgada, risueña y extrovertida– mueve sus brazos para explicarle que tenían mucha ropa que lavar. Como ya les falta solo un par de camisas a cada una, le pide que las espere, que llegarán una vez se cambien de ropa. </p><p></p><p>De regreso en la casa de los Andrade, Miguel empieza a pegar unos carteles con imágenes y letras. Parecen dibujos para niños de parvularia. Hay una escalera, una silla, un avión y otros objetos. Cada uno tiene escrito su nombre en grande. Griselda y Jeannette ya están sentadas con sus cuadernos abiertos. Mientras sus tres hermanos vienen, hojean los apuntes de su última clase, de hace tres semanas. </p><p></p><p>Roberto, padre, ya está sentado en una silla de madera. Se ha puesto cerca para aprender un poco. “Es que, como uno ya inventó sus propias señas, es bien difícil aprenderse estas. Por eso nosotros siempre usamos las que inventamos. Estas que les están enseñando les van a servir cuando mi mujer y yo ya no estemos con ellos”, afirma. Roberto tiene problemas con el ácido úrico y hay momentos en que los dolores lo dejan en cama. Su esposa Yolanda, quien anda en el pueblo chequeando la cantidad de azúcar que tiene su sangre, padece de crisis diabéticas. Ambos tienen más de 60 años. “Ya cuando ellos puedan valerse allá afuera me voy a poder morir tranquilo”, agrega después de agitar su mano derecha para apurar a Marina y a Dinora, quienes vienen con sus cuadernos.</p><p></p><p>Ambas se sientan frente a Miguel. A Marina le falta toda la soltura que le sobra a Dinora, de quien es un año menor. En 2010, cuando Marina –dueña de unos ojos grandes– estaba decidiendo si se iría a vivir con el padre de sus dos hijos o si se quedaría con sus padres, estos círculos de estudio estaban arrancando. Marina resolvió quedarse con sus padres y dos años después sigue bajo este techo. Por otro lado, tras estos dos años, los círculos de alfabetización se encuentran atendiendo a 314 personas con discapacidades auditivas y visuales, entre los que están los hermanos Andrade. Sin embargo, sigue una deuda con varios miles de salvadoreños que están en esas condiciones (si se parte del censo de hace cinco años, que de seguro debe tener variaciones considerables). </p><p></p><p> “Poder contar con círculos de alfabetización que sean financiados por el MINED permitiría una mejor educación para estas personas adultas que no lograron acceder a una escuela regular”, dirá dentro de una semana Carolina Aguilar, presidenta del Consejo Nacional de Atención Integral para la Persona con Discapacidad (CONAIPD). También hará énfasis en que “debería ser que las personas con discapacidad, sea cual sea, puedan estar en cualquier escuela y no estar etiquetadas en una escuela especial”.</p><p></p><p>Ese “debería” tiene más de mito que de meta al reparar en el día a día de los centros escolares salvadoreños en los que los problemas, como los relacionados con la violencia, se agolpan uno tras otro. La realidad que registra el Ministerio de Educación indica que al menos tres de cada 10 estudiantes han sido agredidos más de una vez en las aulas, y que de 10 alumnos acosados sexualmente solo dos se atreven a denunciar. Solo en La Libertad, la PNC estima que en más del 90% de escuelas hay miembros activos de pandillas. Eso, los más de 50 estudiantes asesinados hasta julio de 2012, la deserciones, más otro manojo de problemas, bien podrían indicar las prioridades del sistema educativo, y a qué distancia está El Salvador de tener una auténtica educación inclusiva para las personas con discapacidad. </p><p></p><p>La clase ha empezado. Miguel mueve sus manos según cada palabra que les enseña. Las cuatro hermanas asienten cuando han comprendido o hacen muecas dubitativas cuando algo no les ha quedado claro. Alonso, único hombre sordo de la familia Andrade, todavía no se ha sentado. Ha tenido que darse una ducha relámpago, porque anduvo regando los cultivos con herbicidas químicos. Ahora está cambiándose de ropa. </p><p></p><p>Roberto, padre de los cinco alumnos, sigue observando cada movimiento, pero no parece terminar de comprenderlos. Este hombre de rostro arrugado y de manos curtidas de tanto trabajar en el campo confiesa seguir preguntándose el porqué de la sordera de sus hijos. “A mí me han dicho que es por los agroquímicos que usamos, pero si yo no le echo veneno a las tierras no me producen nada. No me queda de otra”, repara. Insiste mucho en hablar de cuando le llegue la hora de morir. Hasta parece que lo deseara. </p><p></p><p>Siempre habla de sus hijos con aires de protector y dice que si dejó que Marina y Dinora tuvieran marido fue porque él siempre ha creído en su derecho a tener pareja. “Ellas siempre nos han dicho la verdad. Cuando venían de verse con el hombre, se ponían los dedos en la boca para decirnos que se habían besado”, dice entre risas. También asegura que ser sordas no les impidió cuidar a sus hijos cuando estaban recién nacidos. “Nosotros dormíamos cerquita de ellas por si no sentían cuando el niño se despertaba, pero siempre estuvieron prestas”. </p><p></p><p>Ya los cinco hermanos están sentados. Todos tienen la mirada fija en Miguel, el instructor. Una vez que han comprendido qué significa cada palabra la escriben en sus cuadernos. Durante la semana tendrán que hacer planas de la escritura de cada una y deberán ensayar los movimientos que corresponden a cada significado. Samuel, hijo de Miguel, hace las funciones de un instructor. Si alguno de los hermanos Andrade no entiende algo, el pequeño le explica. Ahora los cinco saben escribir su nombre y ya pueden firmar. </p><p></p><p> Miguel les muestra páginas de un periódico. Les pide que le expliquen lo que comunican las imágenes. Les muestra accidentes automovilísticos, detenciones de delincuentes, niños bebiéndose un vaso de leche, y otras tantas que uno por uno debe explicar con las señas que les ha enseñado. También ofertas de supermercado para explicarles cómo referirse a los productos de la canasta básica. </p><p></p><p> “En la alfabetización para sordos hay que dejar bien claro con imágenes los conceptos de cada palabra. Si su mente no registra ninguna experiencia con alguna, es más difícil que la aprendan”, asegura Miguel mientras los hermanos Andrade hacen los movimientos que corresponden a cada una de las letras del abecedario para sordos. </p><p></p><p>Samuel se ha aburrido y se va a jugar con algunos de los nietos de Roberto, entre los que están los hijos de Marina y de Dinora. Los pequeños están acostumbrados a comunicarse con sordos, así que no tienen problemas en entender las señas que Samuel les hace. Juegan con una pelota de plástico. Roberto dice que sus nietos saben comunicarse con las mismas señas que su familia inventó. Menciona que desde muy pequeños aprendieron a reconocer a quién le harían señas y con quién podría balbucear sus primeras palabras. Alison, hija de Marina quien tiene tres años de edad, se dirige hasta la mesa sobre la que están estudiando. Toca la pierna de su madre, junta todas las yemas de los dedos de la mano izquierda y las dirige hacia su boca. Le ha hecho recordar a su madre que es hora de preparar el almuerzo.</p><p></p><p>Las hermanas Andrade piden un receso para ir a preparar la comida. Yolanda, su madre, ya regresó de San Vicente. Viene contenta porque no le encontraron alto el nivel de azúcar en la sangre. Se sienta bajo la sombra de un árbol que está cerca de la cocina. Toma un vaso con el agua que van a traer al chorrón, así le llaman al nacimiento del que brota el agua de la quebrada en la que lavan la ropa. No hay servicio de agua potable para Cutumayo. Yolanda dice que FOMILENIO se ha comprometido en conectarla, pero las afluentes que habían escogido resultaron contaminadas con plomo. “Dicen que van a ver cómo está el agua del chorrón, de donde la sacamos nosotros. Si no está mala, de ahí nos van a poner las tuberías”, comenta como si ignorara los riesgos a los que podrían estar sometidos si el agua que beben resulta estar contaminada.</p><p></p><p>Tampoco tienen un servicio sanitario. Orinan detrás de la casa y defecan entre los matorrales. “Lo terrible es en tiempo seco, que casi no hay monte con qué taparse”, bromea. Habla de sus hijos. “Hay gente que me los ve de menos y piensan que son faltos de la mente. Pero son bien inteligentes. Pueden contar bien el pisto, se hacen entender con la gente que no conocen y hasta van a comprar al mercado”, alega. </p><p></p><p>Ahora lo que Yolanda teme es que Miguel deje de venir a enseñarle a sus hijos. “Nos dijo que había posibilidades de que nos tocara llevarlos hasta San Vicente. Pero es mentira que vamos a poder por la gastadera en pasajes y comida de los cinco”, lamenta. Todavía es incierto si se resolverá el problema de la falta de transporte. Por si acaso no puede regresar la próxima semana, Miguel les da las últimas instrucciones a los hermanos Andrade. </p><p></p><p>El instructor cojutepecano se despide de la familia. Toma de la mano a su hijo Samuel y empiezan su trayecto de siete kilómetros hasta un punto donde podrán tomar un bus para regresar. Mañana Samuel tiene que ir a la escuela donde le enseñaron las primeras señas para comunicarse. “Yo creo que aquí todo se quiere resolver diciendo que no hay recursos. Pero, aunque no haya pisto, las cosas se pueden hacer si es que de verdad hay voluntad”.</p><div class="blogBox"></div>

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