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Una torre inestable

Tras los Acuerdos de Paz, no hubo un esfuerzo por atender esas heridas emocionales. Y a esos traumas se les fueron superponiendo otros.
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<p>En algún momento se dijo que ninguna familia de El Salvador había quedado a salvo de la guerra. En alguna medida, de alguna forma, todos quedamos afectados. A más de 20 años de la firma de los Acuerdos de Paz, el número de los que han recibido atención es mínimo y se limita casi de forma exclusiva a los que exhiben un daño físico. Nada más. El resto hemos tenido que ir haciéndonos remiendos con lo que hemos tenido a mano. Si quisiéramos ilustrarlo, seríamos un país de gente rota. Por esto o por aquello; en gran medida o con apenas rasguños; pero rotos de cualquier forma.</p><p>&nbsp;</p><p>El problema es tan grande, que a veces ni lo vemos. Muchos ni siquiera saben ubicar en qué lugar tienen el daño o de qué tamaño es. Arrastramos tantas heridas y no recibimos atención por ninguna. Tras los Acuerdos de Paz, no hubo un esfuerzo por atender esas heridas emocionales. Y a esos traumas se les fueron superponiendo otros. Capa por capa, fue creciendo una torre inestable que, a estas alturas, difícilmente se retira.</p><p>&nbsp;</p><p>Cualquier cosa que haya podido ser una solución a los traumas posguerra en 1992, está hoy desfasada. Porque el problema evolucionó y lo que se presupuestó en aquel momento es hoy demasiado pequeño. En esta edición, el periodista Sigfredo Ramírez nos muestra una serie de casos de lo que podría definirse como el problema inicial. Es gente que no ha podido superar los episodios de la guerra después de dos décadas y de que al país lo hayan atropellado diferentes clases de violencia.</p><p>&nbsp;</p><p>Los expertos consultados en este trabajo periodístico no solo hablan con preocupación de las consecuencias por no haber dado atención debida en su momento; ellos también hacen énfasis en que el Estado sigue siendo sordo ante esa clase de problemas. Con tanta muerte alrededor, difícilmente alguien está a salvo de cargar con estrés postraumático. Todos estamos enfermos y nadie está haciendo un esfuerzo por alcanzar una cura. Las capas siguen añadiéndose a la ya inestable torre de traumas no superados.</p><p>&nbsp;</p><p>En esta ocasión les ofrecemos también la última entrega de la crónica acerca de cómo Guatemala ha ido encontrando las piezas con las que va resolviendo una masacre ocurrida en 1982. En la aldea Dos Erres de Petén fueron asesinadas más de 200 personas y dos niños sobrevivieron. Ellos son la viva prueba de un episodio de muerte.</p><p>&nbsp;</p>

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