Utopía, sueños y cambio

¿Y los cambios tecnológicos? La primera computadora en la Universidad de El Salvador ocupaba una habitación completa. Ahora podemos llevarla en el bolsillo.
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La utopía es soñar, en el sentido de obtener lo difícil, lo inimaginable, deseos de obtener lo justo y equitativo dentro de la sociedad. Es lo solidario ganado con respeto mutuo entre el de arriba y el de abajo, aunque la concreción parezca difícil. Es aquello que entre más caminamos más se aleja, según metáfora poética. O interpretada según Cervantes: “Cambiar el mundo, amigo Sancho, que no es locura ni utopía, sino justicia”. O en un concepto más cercano a nosotros sería lograr lo que don Pepe Figueres, en Costa Rica, llamó Estado Benefactor (1950) cuyas huellas de bienestar viven aun pese a complicaciones políticas contradictorias. O finalizar la crisis de violencia en El Salvador.

El concepto “cambio”, en frase atribuida a Cervantes, se interpreta según las desesperaciones emotivas: “cambio ya”, como quien dice por decreto, y no como proceso de desarrollo de la civilización. “No es locura sino justicia”. Sería el paso gigante del ser humano y de un nuevo mundo. Por eso es difícil, y hasta un sueño pensar en una sociedad utópica. Pero si cabalgamos, como dice don Quijote, ya lo estamos logrando, a cada paso. Puede llamarse también esperanza, dice el papa Francisco el Domingo de Ramos: combatir el miedo a la crisis de todo tipo con la esperanza de cambiarla comprendiendo que “solo el amor redime el dolor y vence el odio”. Para mí, se refiere a la utopía como amor, no solo hacia el semejante sino a la música, las artes, a la palabra creativa, respeto a creencias e ideas. “Amor a los humildes”, dijo el papa.

También hay cambios históricos, pequeños y grandes, pero todos fundamentales para el progreso; y que aclara el error conceptual de “cambio ya”. Ejemplo: la invención de la imprenta. Antes se hacía a mano el ejemplar de un solo libro. La imprenta masificó el mensaje y modernizó la comunicación, tan trascendente como la lectura y la escritura. Quitó el monopolio de las publicaciones a los monasterios que escribían a mano con santa paciencia, cuidando aquello que no afectara las Escrituras. Es curioso que el primer libro publicado fuera la Biblia, que como cambio significó una revolución religiosa encabezada por Martín Lutero.

Y los “pequeños”, también, como el invento del lápiz (¿quién recuerda a su inventor Conrad von Gesner, siglo XVI?) o a su productor masivo a mediados del siglo XIX en Estados Unidos. ¿Y el bolígrafo? Inventó de Ladislao Biró, 1938, que luego levantó la primera fábrica en Argentina (1942) donde se le llama “birome”, recordando a su inventor.

Punto aparte, el bolígrafo me trae a la memoria a Manuel Guevara, mi primo, muerto a los 22 años en un accidente, se transportaba en motocicleta para estudiar inglés en la Escuela Normal Superior. Ese día llevaba como pasajero a un compañero de clases, el conocido autor de “La última Guinda”, Rutilio Quezada, solo murió Manuel (1953). Este llevó a San Miguel el primer bolígrafo que vi en mi vida (1951). “Se llama pluma atómica”, me dijo. Le pregunté por qué del nombre. Me respondió: “Porque con esta pluma se puede escribir hasta debajo el agua”. Pensé si acaso pudiera haber un papel resistente al agua, o necesidad de hacerlo bajo el agua.

¿Y los cambios tecnológicos? La primera computadora en la Universidad de El Salvador ocupaba una habitación completa. Ahora podemos llevarla en el bolsillo. ¿Y la calculadora? Privilegio solo de los profesores de la facultad de ingeniería. ¿Quién imaginaría que ahora la usan humildes vendedoras callejeras? Es difícil percibir los cambios cuando son vistos en el presente, parecen triviales. Así como hace 10 años nadie imaginaba el WhatsApp o la tablet.

Los cambios llegan así, sin darnos cuenta. Décadas después reparamos en lo que sería el presente sin esos inventos. Me contaba mi abuela que los novios, en su tiempo, al llegar de visita estaban obligados a llevar una vela, para que no se gastase la vela destinada a la sala de la casa.

Hablando del cambio en proceso y utopía me gusta el concepto del dramaturgo e historiador norteamericano Howard Zinn: “Si entendemos la utopía como resultado de pequeñas acciones, en apariencia insignificantes, no dudaríamos en realizar pequeños actos”. En realidad, todos somos utópicos cuando aspiramos a crear acciones que nos hagan felices, en lo personal y en lo colectivo. La felicidad es abanico de diferentes formas de bienestar social. “No soy el presidente más pobre de América Latina, soy rico, porque vivo tranquilo, ser presidente de Uruguay no me hizo cambiar de casa, ni de auto”. Eso lo hubiera empobrecido, dice José Mujica, sentado al lado de ropa recién lavada, tendida al sol en una soga soportada por un gancho, como hace nuestra gente humilde. Es posible sentirse feliz si se hace feliz a otros. No es conformismo, es filosofía utópica.

De acuerdo con los “pequeños actos”, como dice el dramaturgo Zinn, yo sueño con dos pequeños actos pero trascendentes: Ver construido un edificio para el Archivo General de la Nación y renovar el Centro Histórico. Otros tendrán los suyos, y la suma hace el todo. Pero continúo con Zinn: “Pensemos que la historia humana no es solo crueldad, sino compasión, sacrificio. Valentía, bondad. Si solo vemos lo peor, destruimos nuestra capacidad de actuar”.

Para el sacerdote y teólogo brasileño Leonardo Boff, “utopía es cambiar hacia la esperanza, lograr lo que parece inimaginable, lo deseado, aunque nunca se realice plenamente”. De acuerdo: un milagro utópico me mantiene respirando, escribiviendo.

A estos temas se refirió el escritor irlandés Óscar Wilde (citado por Boff): “Un mapa del mundo que no incluya la utopía no es digno de ser mirado, pues ignora el único territorio en el que la humanidad atraca siempre, pero partiendo de nuevo hacia una tierra mejor”. Y otro poeta brasileño Mario Quintana afirma: “Si las cosas son inalcanzables… /no es motivo para no quererlas /Qué tristes los caminos si no fuera por /la mágica presencia de las estrellas”.

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