VERDADES PIADOSAS

La quietud de la tarde era más frágil que un cristal gastado por el tiempo. Y esa quietud empezó a temblar mucho antes de que el galope pudiera ser perceptible por el oído. El perro que dormía a sus pies, en la habitación donde se refugiaba para que el bordado la distrajera del trabajoso transcurrir de las horas, se incorporó de pronto, sin levantarse, con las orejas erguidas. Ella también levantó la mirada de la tela, y la aguja quedó suspendida en una puntada de hilo rojo. Ambos miraron hacia el mismo rumbo. En ese instante se oyó el galope, acompasado, como en cámara lenta.
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—Es él. Esta vez sí es él.

Giró la cabeza el perro, hacia el otro extremo, como si buscara la señal orientadora.

—¿No me creés? Salgamos a esperarlo, porque a él le gusta que lo recibamos en la puerta…

Salieron, ella adelante y el perro siguiéndola con educada obediencia. Cuando abrió la puerta, el esplendor sombrío del crepúsculo se hizo presente, como si hubiera estado aguardando que alguien se acordara de que estaba ahí. Y una neblina suave, sigilosa intermediaria entre el día y la noche, fue animándose a salir de todos los rincones aledaños. El galope había dejado de escucharse como un ritmo de pasos que fueran acercándose: por el contrario, era como si un jinete se alejara en dirección indefinida. Ella se quedó inmóvil en el umbral, y el perro, echado de nuevo a sus pies, tenía la cabeza puesta sobre el borde de la grada, haciéndose el desentendido.

—Otra vez tenías razón –le dijo ella, con un leve resuello de reclamo impotente.

El perro movió la cola entre los pies de ella. Y ambos entraron, sin decir ni hacer más.

La noche discurrió como siempre. En la oscuridad, ella repasaba las escenas del tiempo en que se había considerado feliz. Eran escenas perfectamente triviales, que ahora adquirían una dimensión mágica. Así llegó la madrugada, y solo entonces logró conciliar el sueño por unas pocas horas. El sueño no tenía imágenes. El sueño era el no ser. Cuando volvió la luz externa, los ritos del despertar revivieron, con rutinaria puntualidad.

—¿Querés salir al aire? –le preguntó al perro, mientras este concluía su ración mañanera.

Él respondió con una sacudida de entusiasmo.

—Bueno, pues vamos a salir. Vos sos por hoy el dueño de la casa.

Y salieron como lo hacían a diario. En la calle circulaban algunos transeúntes, todos conocidos. Se saludaban entre sí. No había en el lugar ningún extraño. Se quedaban conversando unos minutos, y se apartaban hasta el próximo encuentro. Los mismos. El cura que iba hacia algún encargo en el vecindario. El lechero que volvía de cumplir sus entregas. La rezadora desvelada, de vuelta de algún velorio. La señora del tendero, con sus siete niños recién bañados, camino de la escuela. El boticario en eterna prisa hacia su negocio floreciente. Y aquel curioso desocupado al que llamaban “el sabio”, con un retintín de lugareña ironía…

—Adiós, señora –le dijo “el sabio”, el único a quien ella hubiera querido evitar, porque le daba miedo, un miedo manso en verdad, ya que el hombrecito era inofensivo por naturaleza, según todos sabían–. Ayer tarde pasó algo raro, ¿se dio cuenta?

—No, no me di cuenta –le respondió ella, acostumbrada a los comentarios sorpresivos del inocente.

—Es que su jinete cambió de rumbo…

—¿Cómo así?

—En vez de seguir de largo, como hace cada vez que viene, se detuvo ante una puerta. ¿Adivina de quién?

—No, ni quiero. El día que él se detenga, lo hará frente a mi casa, que es la suya.

—Ay, doñita, pues quién sabe. Ayer se detuvo frente a la puerta de la costurera. Tocó, le abrieron, y entró. Llegaba vestido con su traje negro, como lo vimos toda la vida. Y cuando salió, llevaba una túnica blanca… ¿Qué le parece?...

Ella no halló qué responder. Hizo el gesto de no entender de qué se trataba, y siguió de largo, sin despedirse. El perro la seguía. Unos pasos después, el perro se volvió hacia “el sabio”, y las dos miradas evidentemente se entendieron. Como si el perro quisiera decir “yo nunca me he atrevido a quitarle la ilusión” y como si “el sabio” quisiera responderle “si no pierde la ilusión, va a acabar perdiendo la razón”… Y ambos movían la cabeza, en la duda de qué sería lo más triste…

BUENA MOVIDA

Abrió el puño, y de la palma de la mano, tensa por el esfuerzo, brotó un reflejo que bien podría ser el espectro de un ave. El reflejo salió volando, o tal era al menos la impresión con la que todos quedaron. Cada uno hizo girar los ojos hacia su propio rumbo. Muchas manos se persignaron. En aquel muchacho, que hasta hacía solo unas semanas andaba en tan malos pasos, se había producido un cambio al que podían hallársele hasta ribetes sobrenaturales. ¿Por qué no? Esas cosas pasan, aceptaban los más incrédulos. La Providencia produce obras insospechadas, proclamaban los más creyentes. Y en el medio estaba ella, la jovencita de cabello lacio que tendía a írsele sobre la cara, y por eso el gesto de apartárselo era su distintivo. Eso y la forma de ordenar los pensamientos, que era mucho más privada. Cada quien su enigma.

—¿Quién te enseñó ese truco? –le preguntó, guiñándole el ojo, para enfatizar que su intención era romper el encanto.

Él quiso hacerse el desentendido, y le hizo un gesto oblicuo, como para decirle: “Después hablamos, pero dejá que estos sigan como están…”

—Ya entendí –le susurró ella, entre un enjambre de miradas reprobadoras.

Los presentes fueron pasando junto a él, que los saludaba con aquel aire de bienaventurado que parecía envolverlo. Después de que todo el mundo en los alrededores sospechaba que Abel era el líder del grupito de malhechores juveniles que tenían azorado al vecindario, ahora se había convertido en una especie de ángel guardián. Alexia observó a los vecinos, sin moverse de su sitio. Ella era, a los ojos de la gente, algo así como la encarnación del mal espíritu provocador. Hasta no hacía poco, la veían como a una muchacha igual que las otras, solo un poco más comunicativa. Ahora, casi hacían la señal de la cruz al tenerla cerca. Se quedaron solos. Abel caminó hacia la calle y Alexia lo siguió.

—¿Qué hacemos? ¿Vamos a tu casa o a la mía? –le preguntó ella, al alcanzarlo.

—Mejor a otra parte. Acordate del trato.

—Ajá. Vos sos el santo y yo la pecadora.

—¿Qué te pasa? Yo soy el rehabilitado y vos sos la puta. Así nos conocen.

—¿Cómo decís, loco? Se te apagó la luz de arriba…

—El garaje de Beto es lo más seguro –precisó él, adelantándosele de nuevo.

El garaje de Beto no estaba lejos. Tenía la fachada de un carwash. En el interior no había nadie en aquel momento. La hora de planificar los atracos siempre era mañanera, para no despertar sospechas. El sitio estaba sucio y desordenado. La consigna era que se mantuviera así.

—Decime la verdá, vos que ahorita casi hacés milagros, según dicen…

—¡No me echés paja, que te la voy a echar yo, y más sabrosa!

—¿Quién es el próximo?

—El matasanos.

—¿Ése? ¿El doctor?

—Simón.

—¿Y por qué?

—Porque tiene su guaca escondida. Ya lo vigiamos bien. Va donde una su chava, solito, para que la vieja no lo descubra… Y en la nocturnidad, como dicen los doctores de la ley…

—¿Y mañana?

—Me le presento, y le hago el milagrito… Que le aparezca algo de lo que le vamos a zafar hoy en la noche…

—¿Y si sospecha?

—¿De mí, querés decir?

—Sí, de vos.

—Le hago los pases de la revelación. Finjo demencia, la neta que sí, finjo demencia. Eso nunca falla, nunca de los jamases…

—¡Ah, mi profeta marero, sos lo máximo!

—Hacémelo sentir, pues. ¡Fuera trapos! ¡Peladita, como el Señor me la echó al mundo! ¡Que se mire relucir!

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