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Víctimas y culpables

La sociedad salvadoreña urge de un “grupo de apoyo” que le permita salir adelante, recuperarse, retomar el logro de sus objetivos.
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En 1937, Boris Cyrulnik fue enviado –junto con su familia– a un campo de concentración en Alemania, cuando apenas tenía seis años. Ahí pasó por intensas experiencias traumáticas, además de ver a sus padres morir. Logró escapar, fue adoptado y ahora, además de psiquiatra y psicoanalista, es uno de los principales estudiosos de la resiliencia humana.

La resiliencia es la capacidad de los seres humanos de superar e incluso salir fortalecidos ante los efectos de una situación adversa. Es decir, la habilidad de auto-recuperación en un ambiente que facilite el proceso de levantarse de la derrota y volver a emprender el logro de los objetivos.

Basándose en su propia historia, Cyrulnik se preguntó cómo era posible que un niño con antecedentes traumáticos y adversos lograra salir adelante. A lo largo de su carrera se ha dedicado a hacer numerosas investigaciones para comprenderlo. Lo que descubrió, estudiando casos de niños en situaciones de guerra y maltrato familiar, es que un grupo de apoyo que entregue afecto a la víctima es indispensable para su recuperación. Sin un grupo de apoyo, la resiliencia o la capacidad de recuperación es mínima.

Sin embargo, según Cyrulnik, “hay culturas que impiden la resiliencia”. En este caso, ¿cuál es el efecto de las acciones violentas de las pandillas en la capacidad de resiliencia de los salvadoreños? Claro está que no pretendo en esta columna hacer una tesis, ni un planteamiento teórico o psicosocial –habrá quienes tengan competencias para ello–, más bien busco hacer una reflexión sobre cómo ambos conceptos llegan a vincularse en el contexto del país.

Es un hecho innegable que hay sectores y personas que se encuentran vinculados a situaciones traumáticas y violentas provocadas por el quehacer de las pandillas: control territorial, asesinatos, violaciones, renteo, narcomenudeo, amenazas, por mencionar algunas.

Las pandillas, como grupo social poderoso, reconocido y autenticado a través de la tregua por la sociedad y el Estado, se convierten en líderes con la capacidad de crear una realidad, generando violencia y miedo. Y es aquí donde se genera el vínculo polémico entre pandillas y resiliencia. ¿Quiénes merecen contar con un grupo de apoyo, afecto y solidaridad para salir adelante: la sociedad salvadoreña como víctima del quehacer violento, conflictivo y paralizante de las pandillas; o las pandillas, como grupos formados por personas que, a su vez, cuentan con un historial adverso, traumático y violento?

Para muchos, ha llegado un punto en el que la diferencia entre víctima y victimario se ha borrado; para muchos otros, nunca ha existido. Pareciera que la crisis, en lugar de disminuir, va en aumento y cada vez más rápido.

¿Será que la cultura salvadoreña es de esas que impiden la resiliencia? ¡Me niego a creerlo! De acuerdo con Cyrulnik y mi interpretación de su teoría, la sociedad salvadoreña urge de un “grupo de apoyo” que le permita salir adelante, recuperarse, retomar el logro de sus objetivos. La intervención del Estado no ha funcionado; por tanto, parece que ese grupo de apoyo será ella misma.

* Esta columna fue publicada bajo el nombre de Resiliencia y Pandillas el 15 de septiembre de 2013.

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  • boris cyrulnik
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