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Violadores que enamoran a niñas

En El Salvador hay niñas que establecen uniones con adultos mucho mayores que ellas, sin estar embarazadas. Pero solo cuando salen embarazadas, el delito se hace evidente. 
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La razón de una amplia discusión en el tribunal fue el himen, una membrana que hace estrecha la vagina. “No habían rupturas recientes ni antiguas, se encontraba dilatado; y este tipo de himen permite la penetración sin ruptura”. La membrana que se describe es la de Roxana*, una menor de 14 años que, cuando tenía 11, empezó a ser novia de Antonio*. Él, dice ella, le escribía papeles en los que le decía que era bonita y la quería. Antonio es un adulto desde antes de que empezaran a ser novios. Antonio tuvo relaciones sexuales con Roxana en un marco de ventaja, pero de esa ventaja emocional y madurativa se habla poco en el tribunal. Es junio de 2013 y en la sala se discute más la condición del himen de Roxana porque Antonio está acusado de violación en menor incapaz.

Toda relación sexual con una persona menor de 15 años se considera delito, según el artículo 159 del Código Penal. Antonio y Roxana se veían de noche en el patio de la casa de ella ubicada en una zona rural de Chalatenango en donde los cercos no representan protección.

Uno de los aspectos en los que más se hizo énfasis en el tribunal fue la condición del cuerpo de Roxana. El cuerpo de la adolescente tenía que aportar pruebas suficientes del delito de Antonio. Roxana, que no completó el quinto grado, llegó a esta cita judicial a enterarse de cómo funciona su cuerpo. Hasta entonces supo que el himen es una membrana que puede estirarse sin romperse. Supo que la virginidad no es un sello y que los peritos pueden calificar su himen y el de ella lo calificaron como “complaciente”.

“Es un himen que puede permitir la penetración, pero también va a depender de la contextura de la persona, en este caso ya era una señorita grande (a los 14 años para un perito ya se es “grande”), el himen es más amplio y después de cuatro meses era muy difícil... a menos que hubiere violencia, encontrar un eritema o lesión”, concluyeron.

No hubo violencia, pero de acuerdo con la resolución del tribunal en el que se ventiló el caso, hubo insistencia de parte de él. “Antonio, le insistía, pero ella no quería acceder; hasta que la convenció y la acostó en el suelo, quitándole la ropa y se le subió encima y comenzó a introducirle el pene en su vulva, manifiesta ella que era su primera vez y le dolió bastante, pero Antonio le decía que se iba a hacer cargo de ella si la familia se enteraba”, se lee en la sentencia. Antonio, por aquellos tiempos, le alumbraba con una lámpara la ventana a Roxana para que saliera a las 10 de la noche cada tres o cuatro días. En esas citas tenían relaciones sexuales. Roxana define como relaciones sexuales a que él le quitaba el pantalón, el suéter, la blusa y el blúmer, la acostaba en el suelo de tierra, cerca de la letrina y metía el pene en su vulva. Algo de lo que se habla muy poco en el tribunal es que Antonio se preocupaba por siempre llevar condones. Uno de los condones usados fue encontrado por la madre de Roxana.

Una de cada tres mujeres de 20 a 49 años estuvo embarazada antes de cumplir 18; y una de cada cuatro estuvo unida a un hombre antes de esa edad, de acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Salud 2014. “Las uniones y los embarazos antes de los 17 años son producto de la violencia social que sufren cotidianamente, lo cual no es asumido como tal por la sociedad y el Estado”, dice el informe Maternidad y Unión en Niñas y Adolescentes.

El caso de Roxana no se hizo visible por un embarazo, sino porque la madre de ella los sorprendió en una ocasión. Mandó a llamar a Antonio y él lo negó todo. La madre, entonces, colocó la denuncia bajo el argumento de que “no quería que nadie les faltara el respeto a sus hijas”. Evitó que el contacto entre su hija y Antonio continuara, no sin antes darle un castigo físico a Roxana, como consta en la resolución, le dio “dos chilillazos en las nalgas”.

No asumir la violencia sexual contra las niñas impacta en la cantidad de denuncias que se hacen. Además de lo establecido como violación en menor incapaz en el artículo 159 del Código Penal, el artículo 163 señala que el delito de estupro consiste en que “el que tuviere acceso carnal por vía vaginal o anal mediante engaño, con persona mayor de quince años y menor de dieciocho años de edad será sancionado con prisión de cuatro a diez años”.

El tribunal adujo que halló demasiadas inconsistencias en la declaración de Roxana, como que, por ejemplo, en una etapa del proceso dijo: “No quiero que se lo lleven, no me ha hecho nada”. En estas instancias legales se reconoció a Roxana como una niña enamorada que tenía un himen que pudo permitir ser penetrado sin romperse. Así, el cuerpo menor de edad de Roxana no aportó pruebas suficientes para sostener el delito de un adulto. Y de la mente, el cuerpo o la intención de Antonio no se dijo mucho. Antonio fue absuelto de los cargos.

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En las inscripciones prenatales del año pasado hay 11,194 niñas de 10 a 17 años de edad, según el Ministerio de Salud. De ellas, 1 de cada 10, tenían menos de 14 años "Es alarmante, adultos  han estado teniendo relaciones sexuales con niñas de 14, 10, nueve, ocho años. Y el caso sale a luz pública solo cuando la niña sale embarazada, pero han estado unidas a estas personas desde antes, muchas veces esa unión tiene un carácter legal que contradice el Código Penal”, explica Hugo González, representante del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).

Solo entre las niñas de entre 10 y 12 años, el 29 % ya estaba unida antes del embarazo, según el informe “Maternidad y Uniones de Niñas y Adolescentes”. Además, se encontró que 17 % tenía una pareja que la superaba por 10 o más años de edad. Es decir, niñas de 12 años unidas y después embarazadas de hombres de 22 años, por lo menos.

En este grupo de niñas de 10 a 12 años, que son las más jóvenes que toma en cuenta el estudio, 1 de cada 10 estaba casada con su violador. Esta acción ha implicado el aval de sus padres o tutores para que esa niña embarazada adquiera un compromiso legal con una persona que, por ley, debería ser procesada por violación en menor incapaz.

La deserción escolar guarda una relación estrecha con las uniones en niñas menores de 17 años. El 80 % de las encuestadas para el informe reporta haber abandonado la escuela antes del primer nacimiento. El 20 % de las niñas de 10 a 14 años dijo haber dejado la escuela solo para unirse a un hombre.

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Las niñas van llegando a esta casa comunal después de caminar por calles de tierra bajo un sol que no da tregua. Esto es un municipio de los que llevan por apellido Lempa, en Usulután, es jueves casi a medio día. Son cinco adolescentes y, a grandes rasgos, se pueden presentar así: todas son mamás, tres terminaron bachillerato, tres tienen 18 años, una 17 y otra 19; tres están casadas por lo civil, una está acompañada, una se separó de su pareja tras dar a luz, todas mantienen relaciones con adultos; en todos los casos se cumplen los requisitos para abrir investigaciones por violación en menor incapaz o por estupro, pero también, en todos los casos, las niñas han mantenido relaciones sentimentales estables y públicas con los hombres con los que procrearon.

Ellas forman parte del proyecto de una ONG que les entrega una beca de $25 mensuales por seguir estudiando. Este dinero es  crucial en la dinámica de estas niñas. Sin esto –que parece tan poco en otros sectores–, no podrían haberse mantenido en la institución.

Yanira* ya terminó el bachillerato, tiene 18 años. Tenía un mes de embarazo y solo 14 años de edad cuando fue declarada esposa de un hombre que entonces alcanzaba los 21 años y de oficio corralero. Sigue casada y cuida a su hijo.

En términos legales, ella se casó con su violador. En la realidad de esta adolescente, se casó con el novio de toda su corta vida en un municipio en donde la oportunidad de trabajo más apetecida es ser cajera de supermercado o mesera en un restaurant y para ambos puestos hay que viajar a la cabecera departamental pagando por pasajes de bus más de $30 al mes.

Cecilia, tímida, cuenta que ella ya no quería seguir estudiando, pero su madre la impulsó y después fue hallada por la gente de la ONG que le ofreció la beca. En la conversación, se ríe y asiente cuando, airosa, Yanira reclama que le molestaba que en el instituto le dijeran “señora”.

—Es que uno es cipota, aunque esté casada y tenga hijos; y hay compañeros y hasta profesores que como que quieren hacerla sentir mal a uno diciéndole “señora” –explica con los ojos bien abiertos y moviendo las manos.

Todas estas niñas cuyas vidas representan delitos se ríen con desparpajo ante la defensa del derecho a declararse “cipota”, por encima de todo.

 

*Todos los nombres de las menores de edad han sido cambiados.

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