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Bajo estas reglas tan particulares de convivencia, lo mejor es no cuestionar, no pensar, no abogar porque se cumplan nuestros derechos y, en cambio, buscar qué se puede arreglar bajo la mesa.
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OPINIÓN (Desde acá)

El pradode los soñadores

En estos días no he podido dejar de pensar en lo difícil que resulta querer hacer lo correcto en El Salvador. Me refiero al hecho de vivir con la certeza de que vale la pena cumplir con las leyes que dan estructura a la vida cotidiana de los salvadoreños, que indican los límites, los derechos y los deberes que cada uno tiene que cumplir para vivir en sociedad. ¿Por qué cuesta tanto? ¿Por qué terminamos tan frustrados y exasperados en el intento de querer hacer bien las cosas? Y no me refiero solo a la falta de civismo, me refiero también a esas reglas tácitas de vivir en un país que se rige por el arribismo, la trampa y la mediocridad.

Sin importar el rango de autoridad que tenga el interlocutor y la dimensión del problema que cada uno desea resolver, el ciudadano siempre se sentirá en desventaja y tentado a recurrir a los atajos ya establecidos. ¡Ay de quien se le ocurra poner a prueba el funcionamiento de las leyes de este país! Sentirá que rebota contra un muro infalible sin obtener respuesta o tendrá que pagar un precio muy alto por atreverse a hacer lo correcto.

La advertencia, también tácita, es que bajo estas reglas tan particulares de convivencia lo mejor es no cuestionar, no pensar, no abogar porque se cumplan nuestros derechos y, en cambio, buscar qué se puede arreglar bajo la mesa. Ante la falta de credibilidad en las instituciones, si a mi casa solo llegan los recibos y no el agua, pues voy, junto a mi comunidad, y cierro una calle principal para protestar con los cántaros vacíos; si soy un policía en el país más violento del mundo y tengo un pésimo salario, me manifiesto con mis colegas a gritar mis demandas frente a Casa Presidencial; si soy un lisiado de guerra con hambre, pues hago lo mismo; si soy testigo de un acto de delincuencia, mejor me quedo callado y vuelvo la mirada. ¿Y si soy un funcionario público que acudo a las instituciones porque el ministro viola mis derechos? Pues no llego muy lejos, porque estoy apostando a perder. Una vez despedido, siempre habrá alguien que me aconseje y me diga que calladito me veo más bonito.

Paralelo a este escenario, los salvadoreños vemos a un desfile de funcionarios que una vez repitieron “¿juráis a Dios y prometéis a la patria observar y defender la Constitución y las leyes de la República, y cumplir fielmente los deberes de vuestro destino? —Sí, juro. —Si así lo hiciereis, Dios os ayude, y si no, Él y la patria os lo demanden”. Sin embargo, al cabo de un tiempo, los vemos acusados de enriquecimiento ilícito, abusos de poder, nepotismo y excesos de lujos propios de narcotraficantes.

A partir de ambos escenarios, es sencillo concluir que hemos llegado al momento en el que ser correcto y exigir que se cumplan las leyes es ir contracorriente. Es un acto de ingenuidad reprochable. Es motivo suficiente para convertirse en la oveja negra que estorba para seguir los caminos del cinismo, el mínimo esfuerzo y la transa.

Lo que más desilusiona es constatar que este proceder no es un problema menor. Es más bien una condición para poder vivir y prosperar en este país. El mensaje que recibimos todos los días los ciudadanos es que si usted tiene poder –y ha desarrollado la habilidad para ver y dejar pasar aunque todo esté mal–, en lo individual seguramente triunfará.

Para que los salvadoreños podamos plantearnos un país viable, es urgente que recuperemos la confianza en nuestras instituciones y que quienes están a la cabeza de hacer funcionar el sistema de una vez y por todas nos demuestren que están dispuestos a cumplir con sus obligaciones y a respetar las leyes como si en ello se les fuera la vida.

PD: Mi consejo de coyuntura es que no haga exigencias que pongan en peligro nuestros sagrados Acuerdos de Paz

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