Volver a los 17

Yo me fui con los que luchaban por su derecho a estudiar, a enamorarse, a irse de fiesta, a ser jóvenes, y mis amigos nicas fueron mis mejores aliados para lograrlo.
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La cinta amarilla. Otra vez la cinta amarilla acordonaba la escena del crimen en pleno campo abierto. Los dos cadáveres, uno tirado a escasos metros del otro, eran de adolescentes. Un par de policías custodiaban el lugar. Esta escena repetida y común en El Salvador fue la que marcó mi viaje rumbo a Nicaragua.

Eran las primeras horas de la mañana de un sábado en el que tocaba hacer un plan para irse a cualquier playa con los amigos, en cantar juntos una canción de moda, en contar anécdotas, en reírse de los chistes repetidos que fortalecen la complicidad entre los amigos, en coquetear con alguna jovencita. Era una mañana de sábado en la que tocaba disfrutar de ser jóvenes. Pero no, ser joven en El Salvador es un desafío para muchos y un privilegio para pocos.

Llego a Managua de noche. Entro por carretera norte y me basta ver el Palacio Nacional, el Gran Hotel, la Catedral y el cine González ahora convertido en templo evangélico para regresar a los 17. A pesar de los cambios, reconozco la calma, el olor, y tengo la sensación de haber regresado a mi casa.

Recuerdo que en esa época ser un adolescente salvadoreño en el exilio significaba sobreponerse a las tensiones propias de las guerras. Algunos pasaban entrenando para el día en que llegaran a un frente de guerra, otros se creían adultos hablando de filosofía política y reproduciendo las poses aburridas de sus padres, otros tenían vidas de parejas con hijos y trabajo. Yo me fui con los que luchaban por su derecho a estudiar, a enamorarse, a irse de fiesta, a ser jóvenes, y mis amigos nicas fueron mis mejores aliados para lograrlo.

Cumplí 17 años en plena guerra fría. En la Nicaragua roja y negra, antiimperialista y soberana. Ahora puedo decir que gracias al bloqueo económico impuesto por Estados Unidos aprendí a ser adolescente feliz en un país donde no había comida rápida, centros comerciales, supermercados repletos de marcas, moda, internet, celulares, carros de lujo... En fin, no había nada que no fuera estrictamente lo básico. En esa época, nuestra única riqueza era la alegría de celebrar la vida. Y así lo hicimos.

Repetíamos jeans todo el año; pedíamos jalón en los semáforos; cuidábamos en exceso nuestros tenis; nos íbamos de excursión por caminos solitarios a bañarnos en alguna laguna; no había ladrones porque no había nada que robar; la radio programaba la misma canción, pero no importaba, igual la cantábamos; jamas teníamos dinero; nunca entrábamos a restaurantes. Pero había un acuerdo: todos compartíamos lo que teníamos para asegurar la fiesta.

Algunos solo poníamos las fichas rojas que nos daba el Estado para subvencionar el transporte público a estudiantes, otros la comida que dejaba hecha la madre antes de irse a trabajar y estaban los que tenían un poco más, quizá un carro, tal vez una casa linda y con suerte un bar surtido. Entonces era simple: la fiesta se hacía en la casa del que más tenía. En esos años no recuerdo haber sentido marginación o exclusión alguna; al contrario, todos nos mezclábamos en espacios comunes, como ir a cortar café, alfabetizar adultos o celebrar juntos un aniversario más de revolución.

Así, mientras los adultos dedicaban toda su energía creativa en cumplir su promesa de un “mundo mejor”, nosotros éramos cada vez más responsables de nuestras vidas y tocaba arreglársela para descubrir el dulce encanto de las cosas ordinarias.

Tres décadas después, nos seguimos reuniendo para repetirnos lo bien que hicimos en no haber permitido que la guerra oscureciera nuestras vidas, de lo felices que fuimos con casi nada, de los lazos de hermandad que logramos construir. Los abrazo y pienso en el “mundo mejor” por el que tanto se luchó, en lo efímera que es la vida de nuestros jóvenes salvadoreños, en los recuerdos que compartirán los que sobrevivan.

Desde aquí solo me queda susurrar “volver a los 17 después de vivir un siglo es como descifrar signos sin ser sabio competente, volver a ser de repente tan frágil como un segundo, volver a sentir profundo como un niño frente a Dios, eso es lo que siento yo en este instante fecundo”.

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