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Yo amo San Salvador

Al superarse en parte la crisis racial apareció pocos años después un famoso logotipo en una ciudad considerada entre las más violentas de Estados Unidos: “Yo amo a Nueva York” resumida así: Yo, corazón rojo, NY.
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Me propuse escribir sobre poesía, pero pienso que el tema limita el número de lectores; entonces me digo si sería mejor hablar del amor. Pero también en estos tiempos de polarización, de violencia, de vandalismo producto de heridas sin cicatrizar, hacer mención de la poesía o del amor parecería evadir los temas dolorosos para todos. Porque hablar de amor y de poemas es suponer que vivimos una sociedad feliz. Aunque no es necesario ser felices, basta con sentirnos felices. Es un primer paso. Todas las sociedades se merecen la alegría de disfrutar la bondad, saber que nos va a ir mejor, esto sería otro paso elemental. ¿A quiénes correspondería darnos una pequeña ayuda para divulgar que somos personas creativas que sobrevivimos a las tragedias? Porque si queremos crecer en vida plena, alguien debe dar esa pequeña ayuda al amigo, como dicen los Beatles. Podrían ser los políticos, los educadores, los humanistas, los académicos, los empresarios, los comunicadores y escritores. A todos nos corresponde decir a niños y niñas, a jóvenes y adultos que somos un país hermoso. ¿O estaríamos mintiendo? Y si así fuera, ¿acaso no nos corresponde acompañar con la palabra sabia el camino hacia la autoestima nacional? Porque las transformaciones ocurren primero en las mentes creativas y propositivas.

En Estados Unidos (años 1960 y 1970) tuvo gran relevancia el movimiento cultural afroamericano con el lema “Black Is Beautiful”, producto de una rebeldía antecedente conocida como “poder negro”, opuesto a una cultura opresiva desde un origen en que predominó la “supremacía blanca”. La expresión poética ¿o romántica? trataba de defender partiendo de emociones a una minoría que tanto contribuyó al desarrollo económico de una nación desde su trabajo esclavo. En esa época surgió el punto más alto de explosión social en lucha contra la segregación racial, para lo cual se organizaron las llamadas “marchas contra el miedo”, que combatía la discriminación y sus secuelas de desprecio y desigualdades. De esas posiciones políticas y culturales surgió la gran figura de Martin Luther King, quien usó la palabra convincente como medio de liberación. Fue una lucha dramática que lo llevó a ser asesinado (1968), aunque su martirio lo llevó a ser una figura respetada por todos los credos, en una búsqueda por la igualdad de derechos en aquella nación, pese que se opuso a quienes promovían la violencia contra la violencia (Stokely Carmichael como líder emblemático). La mitigación de estos prejuicios históricos culmina hasta llevar a la más elevada posición gubernamental a un representante de aquellas minorías marginadas.

Al superarse en parte la crisis racial apareció pocos años después un famoso logotipo en una ciudad considerada entre las más violentas de Estados Unidos: “Yo amo a Nueva York” resumida así: Yo, corazón rojo, NY. Lema que tuvo un nuevo despertar 40 años después, cuando cayeron las Torres Gemelas en 2001. A la gran ciudad la unió la tragedia.

Entre nosotros, con problemas al parecer diferentes, pero igualmente dramáticos, se podrían promover iniciativas culturales con la idea de tener repercusiones similares. Con creatividad, empeño y visión nos apropiaríamos de promociones masivas que exaltan emoción y belleza, ocultas o ignoradas. Sería sorprendente si lográsemos promover el lema “Yo amo San Salvador”, aunque pareciera que la Magdalena no está para esos tafetanes. Unámonos con lazos que impliquen solidaridad deponiendo intereses particulares. Sin olvidar que “el amor y la poesía son el polo opuesto a la violencia“ (Platón). A lo mejor todos tenemos de poetas y lo desconocemos debido a una reacción de cultura patriarcal, de falsa hombría, o ideas supremacista del prejuicio.

Si nos remontamos a nuestras raíces precolombinas, como descendientes de los mayas, tenemos genes que nos llevan a maravillarnos ante la naturaleza: movimiento de los astros, asombro ante lo inexplicable, manifestados en monumentos, en poemas y respeto a los dioses y la cultura ancestral. Sin embargo, poco a poco fuimos desconociendo esos valores originarios, hasta volvernos sordos a las bellas expresiones (la música, la pintura, palabra humanista, la creatividad literaria). Por el contrario, marginamos esos asombros maravillosos.

No me avergüenzo reconocer que he dejado en parte el género poético para entrar al narrativo, acercándome más al periodismo, que tienen en común la palabra que produce deslumbramientos o palabra que abre las puertas modélicas de conductas proactivas, o que expresan asombro ante una flor o ante la bella gestación de una mariposa. Y pensar que con esto llevaríamos a la práctica el ejercicio de conmovernos ante una adolescencia y juventud como víctimas o victimarios, romperíamos la indiferencia contra las ideas que promueven valores de equidad, de honradez, de respeto y tolerancia. Por lo contrario ese sueño de conciliación y paz aspirado por los salvadoreños produce ansiedades y desesperaciones al no encontrar rutas hacia la inclusión y la solidaridad. Porque se opta por cegarse ante las ilegalidades que originan rencores y resentimientos, permitiendo que las heridas no dejen de sangrar. Se vuelve difícil descubrir la felicidad que comienza con el pan diario, la educación, las oportunidades, el respeto a las culturas comunitarias.

Comencemos desde ya, desde lo simple a lo complejo. Educar a los excluidos, dignificarlos con buenas prácticas políticas. Rescatemos la historia invisible para no persistir en errores garrafales visibles. Hagamos trascender lo que nos enorgullece. Formemos liderazgos jóvenes porque de ellos es el presente, ellos van a construir la Nación distinta. Reconstruyámonos hasta crear una sociedad feliz. Comenzar por lo más sencillo es amar a El Salvador, rindiendo culto a nuestros orígenes como base para un aprendizaje de solidaridad frente al otro.

Aprendamos a sentirnos en paz con nosotros mismos para descubrir el bienestar social. Sintámonos bellos.

Concluyo con algo muy terrestre: demos un paso puntual de sensibilización que signifique promover nuevas actitudes y hacer visible el papel de las emociones. Lo sencillo es también parte de lo complicado. ¿Qué les parece si alguien me toma la palabra para hacer esas camisetas estampadas con Yo amo San Salvador? O Yo amo a San Miguel. Yo amo a Cuscatlán.

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