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“Ayúdenme a encontrar a mi hijo”

Los familiares buscan a las víctimas de la represión en Egipto entre cientos de cadáveres que se pudren en las morgues o en las mezquitas, con una información oficial confusa en listados pegados en los muros. Mientras, acorralados, los Hermanos Musulmanes cancelan varias manifestaciones ante la represión del Ejército.
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Registros.   Un hombre elabora un listado con los nombres de las víctimas mortales que han logrado ser identificadas. Hay más a quienes nadie ha reclamado.

Registros. Un hombre elabora un listado con los nombres de las víctimas mortales que han logrado ser identificadas. Hay más a quienes nadie ha reclamado.

Búsqueda.  Los familiares de las víctimas nadan en un mar de incertidumbre, desorden y miedo. “No era de los Hermanos Musulmanes”, es una aclaración muy repetida.

Búsqueda. Los familiares de las víctimas nadan en un mar de incertidumbre, desorden y miedo. “No era de los Hermanos Musulmanes”, es una aclaración muy repetida.

“Ayúdenme a encontrar a mi hijo”

“Ayúdenme a encontrar a mi hijo”

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Mohamed Abbas señala, en una larga lista pegada en la pared, un nombre, el de su hijo Ahmad, de 30 años. “Ayúdenme a encontrar a mi hijo”, pide, con voz quebrada y los ojos vidriosos. Este egipcio de 65 años lleva cinco días recorriendo las morgues de El Cairo, las oficiales y las que los islamistas han improvisado en las mezquitas.

Las autoridades interinas le han dicho que su hijo murió, junto con otras 600 personas, en el asalto del pasado 14 de agosto a las acampadas de protesta de los islamistas. Pero Mohamed aún no ha encontrado el cadáver. Hace guardia frente a la morgue de Zeinhom, en la capital, y vuelve a señalar repetidamente el nombre de Ahmad, uno más en una lista de 375 que le notifica que ha perdido a su hijo, pero no le aclara dónde encontrar sus restos.

Los restos, cubiertos con sábanas blancas, están por doquier. Asoman de los camiones aparcados. Yacen a la puerta misma del depósito. Se amontonan, dentro, en pasillos y escaleras. El olor a putrefacción inunda toda la calle. Los vecinos caminan con máscaras. Un manojo de barras de incienso, en el suelo, trata de disimular infructuosamente el olor.

Algunos cadáveres llevan en la morgue cinco días, a la espera de que los forenses del Gobierno los examinen para determinar la causa de la muerte. Otros aguardan a que los reclamen sus familiares, aparcados en el olvido. Entre los cadáveres se ven varios chamuscados, completamente irreconocibles. Las fuerzas de seguridad quemaron parte de las acampadas islamistas tras desalojar por la fuerza a las miles de personas concentradas.

Dos primos de Mohamed Mustafá, de 35 años, murieron en la carga contra el campamento de Rabaa al Adauiya. En el certificado de defunción de ambos dice que fallecieron por asfixia, la causa más común que dictaminan los forenses. Pero Mohamed, que ha examinado los cadáveres, dice que ambos tienen heridas de bala, uno de ellos en el estómago.

“Nos piden que firmemos los certificados que ellos ya han rellenado, con las causas de muerte que ellos se han inventado, para lavarle la consciencia al Ejército”, dice Mohamed a la puerta de la morgue. “O firmamos o no nos dan los cuerpos. Y si nos resistimos a poner nuestro nombre en esa mentira, no los entregan, los dejan ahí adentro pudriéndose”, añade.

Ayer llegaron otros 36 fallecidos, los detenidos que murieron el domingo mientras eran trasladados en furgones a una prisión de El Cairo. La mayoría habían sido arrestados el viernes en la mezquita de Al Fatah, en la plaza de Ramsés, durante las protestas islamistas. Las versiones sobre cómo murieron son contradictorias.

El Ministerio del Interior asegura que tomaron como rehén a un policía para fugarse. Los Hermanos Musulmanes replican que fueron ejecutados, atacados con gases lacrimógenos en los furgones, sin que hubiera provocación alguna. “El Ministerio del Interior ha dado tres versiones diferentes de lo que sucedió, y todas parecen ser mentira”, dijo ayer en rueda de prensa el doctor Hani Nawara, de la Alianza Contra el Golpe.

“Dicen que mi hijo murió de asfixia, pero su cuerpo, ahí adentro, está lleno de golpes. Mi hijo no murió de asfixia”, dice Ahmad Abdul Azim, de 55 años. Su hijo, Talaat, de 36 años, deja esposa y dos niños.

Ahmad muestra el certificado que ha tenido que firmar, en el que asume la causa de la muerte que le han impuesto los forenses, pero las dudas le corroen, y rompe a llorar en plena calle. “Ahora solo le queda rendir cuentas ante Dios, ¿qué más puedo hacer?”, dice. Aclara, inmediatamente, que su hijo no era islamista, que ni siquiera simpatizaba con los Hermanos Musulmanes, sino que fue arrestado cuando estaba de camino al trabajo, y que se vio en medio de una situación en la que no tuvo responsabilidad o culpa alguna.

El permiso de conducir del farmacéutico está quemado. Talvez sucedió durante el incendio que estalló en el campamento o quizá una bala rozó el documento cuando las fuerzas de seguridad evacuaron el sitio. Su dueño ya no lo puede decir. Es uno de los más de 230 muertos que envueltos en una manta se encuentran en la mezquita de Al Iman, en el noroeste de la capital egipcia, a la espera de que sus familiares los identifiquen para poder ser enterrados.

Cerca se encuentra la mezquita Raba al Adawiya, en el barrio de Naser City, donde cientos de islamistas acamparon durante semanas para exigir la restitución del expresidente Mohamed Mursi, derrocado por el Ejército el 3 de julio. El aire acondicionado de la mezquita apenas logra frenar el deterioro de los cadáveres. Sobre algunos de estos se colocaron bloques de hielo y de tanto en tanto se rocía perfume ambiental para tapar el olor de la muerte. Junto a los restos, las mujeres velan en silencio a sus muertos.

Fuera de la mezquita, los allegados buscan a sus familias en las 19 listas que cuelgan en los cercos alrededor. Yusuf Fahmi no necesita verla. El joven de 18 años sabe que tres de sus amigos han muerto en el ataque. Pero Fahmi quiere dejar una cosa clara: “No todos son Hermanos Musulmanes. Yo no pertenezco a los Hermanos Musulmanes, y tres de mis amigos han sido asesinados. Uno de ellos era un hermano musulmán, los otros dos no lo eran”.

Con una mezcla de ira y desesperación, Mohammed Ibrahim mira dentro del camión que se acerca con más bloques de hielo. “Esta es la ayuda que el Estado da a los muertos”, exclama. “Estos son los derechos humanos que exige (el presidente estadounidense) Barack Obama”.

Siete semanas después del golpe, y con más de 1,000 muertos en las represalias de las fuerzas de seguridad, ya no se encuentran islamistas fácilmente en El Cairo. Los familiares defienden, invariablemente, que estas personas murieron porque estaban en el lugar y el momento equivocados.

Los meses de Gobierno de los Hermanos Musulmanes son un tenue recuerdo, y en las calles se tiene la sensación de que se ha vuelto a aquellos años remotos cuando los islamistas llevaban su cofradía en el más absoluto secreto.

Están acorralados. Han vuelto a las mezquitas. Y aventurarse fuera de ellas es cada vez más arriesgado. Cientos de los suyos han muerto ya. El cerco de los militares es cada vez más estrecho y manifestarse en las calles es un ejercicio de verdadero coraje.

Esta semana se notó el agotamiento y la confusión en la que viven los Hermanos Musulmanes. Debían haberse grandes marchas en El Cairo, pomposamente anunciadas por la llamada Alianza contra el Golpe. Acabó siendo una semana de escaramuzas en territorio enemigo, con multitudes cada vez más magras. En las calles se vio claramente que los islamistas de Egipto están desorientados y faltos de dirección, ante un futuro complicado, pero al que dicen no tenerle miedo alguno.

Tras el rezo de la tarde, pasadas las 3:30, un grupo de islamistas parte de la mezquita de Al Rayan, en el distrito de Maadi, en el sur de El Cairo. Es una de las cinco marchas que se habían convocado, y una de las pocas que no fue cancelada por los Hermanos Musulmanes.

En principio iban a avanzar hasta la Corte Constitucional –el más alto tribunal–, pero en el camino más corto había apostados tanques ligeros, soldados y patrullas policiales. En lugar de marchar por esas avenidas, decidieron enviar avanzadillas de dos o tres personas, que comprobaban si el camino estaba libre, sin francotiradores, para liderar las marchas por estrechas calles secundarias. En un momento la manifestación, de unas 2,000 personas, llega a tomar el metro.

Así ha quedado el movimiento islamista de los Hermanos Musulmanes. Hace dos meses controlaba los poderes Ejecutivo y Legislativo. Era un modelo para los partidos islamistas del mundo. Tras el golpe tomó las calles y protagonizó acampadas multitudinarias. Pero las constantes cargas militares lo han dejado agotado y confundido, sin un claro plan de avance inmediato.

Preguntados por su estrategia, por sus próximos pasos o por un plan de acción, estos islamistas no tienen más respuesta que sus propios temores. “Pueden venir a matarnos, que seguramente es lo que harán, pero responderemos con manifestaciones pacíficas”, decía Mohamed Zawan, de 46 años, de los que lleva 18 afiliado a los Hermanos Musulmanes.

En cierto modo, a personas como Zawan se les ve volviendo a una situación que no les es ajena. “De los años que llevo en la hermandad, muchos los he pasado en la clandestinidad. Es cierto que los gobernantes sabían quiénes éramos y dónde estábamos, pero nos obligaban a actuar de forma callada. Hoy vemos que buscan empujarnos a una situación similar, o peor”.

La manifestación avanza estrictamente segregada. Los hombres al frente, seguidos por un grupo aislado y mucho menor de mujeres, la mayoría cubiertas con el niqab, el velo que solo deja al descubierto los ojos. “Egipto es una nación islámica”, decía Nadia Ali, de 21 años. “El Gobierno golpista está actuando contra la voluntad divina y pagará por ello”. Desde la calle, varios vecinos miran la manifestación con actitud entre curiosa e irritada. Tras cinco días de estado de excepción y toque de queda, El Cairo busca la normalidad. Los islamistas quedan marchando a solas, convertidos en una curiosidad en la calle o, según la voluntad de los generales, un recuerdo del pasado.

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