En el Día Mundial de la Salud, “hablemos de la depresión”

Las cifras hablan por sí solas. Los trastornos depresivos afectan actualmente a más de 300 millones de personas en todo el mundo, según la OMS. Esto supone un aumento de diagnósticos de en torno a un 18 por ciento entre 2005 y 2015. Para 2020, las depresiones podrían ser la segunda enfermedad más frecuente en el mundo. Y las posibilidades de sufrir una depresión a lo largo de la vida han aumentado de un 11 a un 15 por ciento.
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Dorothea Möller lleva más de dos años almacenando páginas web sobre consejos para divorciarse. Aquel invierno ya no podía más. Su marido pagaba un alquiler altísimo por su despacho de abogados, pero no iba nunca. "En tres meses perdió casi diez kilos, se levantaba a las cuatro de la mañana y rechazaba cualquier pregunta o contacto físico", recuerda esta berlinesa de 52 años.

El día que su marido le dijo que preferiría tirarse a las vías del metro, Dorothea Möller (nombre ficticio) lo acompañó al médico de cabecera y dijo abiertamente al facultativo que sospechaba que sufría una depresión. "Espere tres meses y mejorará. El mal tiempo nubla la mente a todos", fue la respuesta del doctor. Y para el peor de los casos, les dio el número de teléfono de una psicóloga.

Pasó el tiempo y nada mejoraba. El médico sospechó que podría tratarse de falta de oxígeno durante el sueño y, tras diez sesiones, la psicóloga dedujo que no se trataba de un problema con el trabajo, sino sentimental. Para entonces, Dorothea Möller ya se había ido de casa.

"Echaba de menos todo lo que implica una relación de pareja y me sentía completamente abandonada por mi marido", afirma. Cada vez que le planteaba hablar, él lo rechazaba con las palabras "estoy deprimido". Tuvo que pasar un año hasta que, por voluntad propia, buscó la ayuda de un psiquiatra que le diagnosticó depresión en grado medio-grave. Para entonces, estaba arruinado.

El caso del marido de Dorothea Möller es uno de los muchos ejemplos por los que la Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió dedicar este año su Día Mundial (7 de abril) a las depresiones. "Hablemos de la depresión", reza el lema de esta campaña con la que la OMS busca una mejor comprensión de la enfermedad que reduzca su estigmatización para que los afectados no tengan miedo a pedir ayuda.

Las cifras hablan por sí solas. Los trastornos depresivos afectan actualmente a más de 300 millones de personas en todo el mundo, según la OMS. Esto supone un aumento de diagnósticos de en torno a un 18 por ciento entre 2005 y 2015. Para 2020, las depresiones podrían ser la segunda enfermedad más frecuente en el mundo. Y las posibilidades de sufrir una depresión a lo largo de la vida han aumentado de un 11 a un 15 por ciento.

Aunque por lo general las mujeres se ven más afectadas que los hombres, éstas suelen buscar también ayuda más rápido. Si el diagnóstico es temprano, la enfermedad es normalmente fácil de tratar, tanto con tratamientos psicoterapéuticos como farmacológicos o una combinación de ambos. Sin embargo, la OMS considera que falta apoyo para que estos enfermos psíquicos superen el estigma asociado a la enfermedad. Por eso, incluso en los países industrializados, sólo alrededor de la mitad busca ayuda.

Los síntomas de la depresión comienzan con la pérdida de rendimiento laboral, apatía y trastornos del sueño. Después llegan la falta de interés, la incapacidad de tomar decisiones y el alejamiento del entorno social. Algunos afectados sienten indiferencia, mientras que otros se sumen en una profunda tristeza. Muchos se muestran intranquilos, arrastrados por los miedos y la desesperanza.

Esa "angustia mental", como lo define la OMS, afecta a la capacidad de las personas para llevar a cabo incluso las tareas cotidianas más simples. Y todo ello tiene consecuencias nefastas tanto en el plano de las relaciones personales como en la capacidad de ganarse la vida. En el peor de los casos, la depresión puede llevar al suicidio, que ya es la segunda causa de muerte entre las personas de 15 a 29 años. En total, unas 800,000 personas se quitan la vida cada año por no tratarse una depresión.

Dorothea Möller continúa intentando hasta hoy entender la enfermedad de su marido. Ha leído decenas de libros al respecto y hablado con otros afectados. Ahora, evita la presión y los cambios repentinos a la vez que trata de cultivar la paciencia. "Los antidepresivos lo han equilibrado", afirma. Su marido puede volver a trabajar, pero un máximo de media jornada y sin despacho propio. "Llama a la depresión fase de debilidad", cuenta ella. "Hasta que no cambie, no regresaré".



 

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