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Mentiras y verdades sobre el resfriado en niños

Todos los padres intuimos que será en la guardería donde nuestro hijo se contagie y no en el parque, entonces, ¿por qué culpamos al invierno?

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Llega el frío y sostenemos con la misma solemnidad que nuestro hijo se ha contagiado de un resfriado en la guardería como que ha cogido un catarro por salir a la calle sin abrigar o por andar descalzo en casa. La primera afirmación está basada en hechos y teorías científicas contrastadas. Sin embargo, las otras son solo suposiciones, es decir, hipótesis que, basadas en la pervivencia cultural de ciertos clichés, están aún por demostrar.

El constipado, el resfriado o la gripe son enfermedades víricas, como lo son la varicela o la hepatitis. Un virus -el rhinovirus en el caso del resfriado- entra en nuestro organismo y se reproduce dentro de nuestra células para crear más copias de sí mismo, lo cual afecta, en mayor o menor medida, a nuestros procesos fisiológicos y a nuestros órganos. Los síntomas son los típicos: mocos, dolores de garganta, malestar general y -el más preocupante- las subidas de temperatura, que son precisamente el método que tiene el organismo para luchar contra la infección. Es más, se puede estar infectados con el virus del constipado y no tener apenas síntomas.

Algunos virus utilizan como vía de infección para entrar en nuestro organismo la sangre. Otros, como el del constipado o la gripe, principalmente la nariz, que no la boca. Nos contagiamos al inhalar gotitas de agua que contienen ese virus que antes residía en otras personas. Al respirar, esas gotas se expulsan al exterior y así es como llegan a nuestro organismo, en un ciclo que hace que indefectiblemente toda la guardería acabe en cama al mismo tiempo.

Por tanto, lo más probable es que, en el caso de los niños, enfermen cuando se hallen cerca unos de otros. En invierno, cuando pasamos más tiempo entre paredes, ese contagio, pues, se produce en recintos cerrados, como la guardería y otras pequeñas habitaciones. Pero no en la calle con el frío, justo al contrario de lo que pensamos.

Algunos hechos sobre los virus

Los virus no pueden vivir en el agua o en el aire mucho tiempo. Su vida media es de más o menos 24 horas. Luego se mueren. Por ejemplo, el virus de gripe se muere a la hora de estar en nuestra mano, mientras que el del Ébola se desactiva en cuanto toca el agua. Dicho de otro modo: el virus necesita un organismo vivo para poder reproducirse.

Por lo tanto, el virus no puede estar esperando en la calle, al fresco, para constiparnos , como creen muchos padres. Asimismo, el virus tampoco sabe si estamos descalzos o con el pelo mojado.

Según el investigador de la Universidad de Virgina Richard Turner, uno de los mayores expertos en enfermedades infecciosas del mundo, una vez el virus ha llegado a nuestra nariz tenemos un 90 % de posibilidades de desarrollar la infección. Una vez infectados -esto es lo más importante- poco más del 50% presentará síntomas típicos del constipado, mientras que el resto pasará la infección sin darse cuenta.

No podemos evitar que el virus llegue a nuestra nariz salvo que vayamos con mascarillas o vivamos en la Antártida solos. Hasta el más sano puede constiparse.

Nuestro entorno

Indudablemente a los niños hay que abrigarlos mientras son pequeños y no pueden decirnos si tienen frío, pues es mejor pecar por defecto. Además, está demostrado que los niños desde que nacen protestan cuando tienen frío, pero no tanto cuando tienen calor: una cosa es tan mala como la otra. También hay que tener en cuenta que su actividad constante, como si fueran electrones, hace que necesiten menos abrigo que los adultos.

Por todo lo anterior, parece una idea razonable que, a partir de los tres años, los niños, cuando ya saben si tienen calor o frío, sean quienes elijan abrigarse, siempre que sea, claro, está, un frío moderado. Todo lo demás, como hemos visto, es un cliché que reconforta -ese es uno de los poderes de la costumbre-, pero que en verdad sirve para muy poco.

A fin de cuentas, todos los padres intuimos que será en la guardería donde nuestro hijo pillará el resfriado y no en el parque, pero ese irreversible conflicto entre lo racional y lo irracional es, en fin, materia para otro artículo.

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