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"Antes de morir, mi amiga me enseñó a vivir la vida como yo quería"

Nos habíamos conocido más de dos décadas antes, cuando ambas estábamos en el umbral de los 30 años, en una época de mi vida en la que necesitaba que me pastorearan.

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Recibí el mensaje de texto después de una clase de ejercicios, en la que estuve intentando aplanar y endurecer mis curvas hasta subyugarlas. Como si alguno de nosotros en verdad pudiera controlar su cuerpo.

“¿Puedes venir?”, decía el mensaje de texto. “Diana preguntó por ti”.

El mensaje era del esposo de mi amiga Diana, quien se estaba muriendo. Ocho meses antes le habían diagnosticado un colangiocarcinoma, también llamado cáncer de vías biliares. Para cuando se presentaron los síntomas (náusea y cansancio), los tumores habían hecho metástasis en su hígado.

Cuando nos dieron el diagnóstico, Diana estaba inusualmente tranquila. “Vaya noticias”, respondió.

“Esto cambia las cosas”, enfatizó su doctor, como si de alguna manera mi amiga no se hubiera percatado de lo grave de la situación. “Es importante que pongas tus cosas en orden”.

Sus asuntos ya estaban en orden. Si algo caracterizaba a Diana, era su afán por ser organizada. Era la que siempre pastoreaba a nuestro grupito de amigas para que hiciéramos lo que debíamos.

Nos habíamos conocido más de dos décadas antes, cuando ambas estábamos en el umbral de los 30 años, en una época de mi vida en la que necesitaba que me pastorearan. Era mi primer día en un empleo nuevo e intentaba no llorar. Me habían roto el corazón hacía poco y no sabía bien cómo iniciar sesión en mi computadora. Diana pasó flotando por el pasillo, sus rizos color oro rojizo lucían como un aura en su cabeza, sus ojos profundamente azules se posaron en mí con una actitud amigable, aunque yo deseaba ser invisible.

En menos de cinco minutos, ya me había sacado la historia de mi rompimiento. “Deberías conocer a Nancy”, dijo y señaló a una colega. “Ella también pasó por una ruptura”.

Y fue así que Diana me invitó a integrarme en su círculo de mujeres inteligentes y viajeras, quienes a la fecha siguen siendo mis amigas más cercanas. Diana era nuestra lideresa, de espíritu libre pero práctica, buena para solucionar conflictos. Estas habilidades resultaron ser útiles cuando negociábamos en qué cuarto nos tocaba dormir a cada una en nuestros viajes al extranjero con poco dinero.

En cierta forma, Diana era mi opuesto. A mí me criaron unos padres nerviosos y amorosos, muy involucrados. La madre divorciada y un tanto jipi de Diana la dejó viajar de mochilera a Europa cuando tenía 17 años. A Diana le habría gustado que su madre le hubiera puesto más atención; a mí, que mis padres me hubieran puesto menos. Sentía que Diana me había mostrado un mundo donde podías decidir qué querías hacer y hacerlo. Dejó su trabajo para ir a Nápoles detrás de un músico napolitano que había conocido en Nueva York. Después se mudó a Roma, se enamoró y se desilusionó de un dentista francés que le fue infiel y luego de un gerente de nivel medio de Roma que llevaba un celular en cada mano.

La visitaba en Roma todos los años. Ella me cuidaba, me alejaba del peligro cuando pasaba una Vespa zumbando por una calle demasiado estrecha y me llevaba por recorridos maravillosos que interrumpíamos con copas de chianti que bebíamos en plazas escondidas. Su armonioso italiano atraía a los lugareños alrededor nuestro: los meseros nos servían limoncello gratis y los carniceros nos daban probadas de prosciutto.

Cuando se fue de Roma a Los Ángeles para estar con un tipo de hombre diferente, uno muy amable y confiable, con quien se casó, yo empecé a ir sola a Roma, incluso pedí un sabático en mi trabajo para escribir un libro ahí. Mientras exploraba la ciudad, intentaba acordarme de su voz diciéndome que me relajara, que me tranquilizara y que me la pasara bien.

Ahora, en Los Ángeles, Diana ya no tenía fuerza para hablar. “Se está yendo”, me escribió su esposo en un mensaje de texto, mientras yo me apresuraba para llegar al hospital desde el aeropuerto. La última vez que la había visitado, Diana había mejorado gracias a un nuevo tratamiento que recibió después de que la quimioterapia no funcionó. Casi brincaba de la alegría de poder sostener tijeras para podar su limonero y me presentó a los dos gatitos que había adoptado para alegrar a su esposo e hijo.

Cuando se ponía a llorar y yo intentaba distraerla, me decía: “No. Si no puedo llorar con mis amigas más cercanas, ¿entonces cuándo?”. Así que lloramos y platicamos sobre cómo intentaba concentrarse con todas sus fuerzas en el presente, tratando de mantener su rutina normal para no afectar a su hijo de 11 años.

Una vez, le insistí que dejara todo y regresara a Roma, pero eso la hizo enojar. “Yo ya viajé. De hecho, he vivido la vida que yo elegí. Lo único que lamento es no poder ver a mi hijo crecer”.

En parte gracias a Diana, yo también vivía la vida que quería, a pesar de mi predisposición al nerviosismo. Esta vez, a medida que me acercaba a la puerta de la habitación de Diana, me obligué a tranquilizarme. Había ido a llevarle buena energía a la persona que siempre me la había dado a mí.

Me sorprendió verla, sus ojos estaban ligeramente abiertos, pero sin mirar, su piel estaba pálida, su brazo derecho se alzaba trepidante para jalar el cable que tenía conectado a su pecho. Puse la palma de mi mano en su frente y sentí la extraña frialdad de su piel. “Diana, aquí estoy, te quiero mucho”, le dije.

De repente, como en una película, sus párpados se abrieron y sus ojos se fijaron en mí como el primer día que nos conocimos. Ahí estaba. “Te quiero”, logró decir. Como siempre, se hizo presente para mí. Después de eso, Diana no volvió a hablar, respiraba cada vez más lento. Esa noche, me acosté en un catre para que su esposo pudiera ir a su casa y descansar. Me aterraba la idea de quedarme dormida y que Diana muriera sin que yo me enterara, así que ahí estuve, con los ojos abiertos, estremeciéndome al escuchar los suaves quejidos que emitía al exhalar, pero también con miedo de que cesaran.

Antes del amanecer, llegó una enfermera a administrarle morfina. La droga se llevó a Diana muy lejos. Sus ojos finalmente se cerraron, tenía la piel blanca como el alabastro de las efigies de los santos que guardan en las iglesias de Roma detrás de un vidrio.

Diana no era una santa. Podía ser mandona, pero ahora no se estaba aferrando, la vida se esfumaba de su cuerpo; el proceso parecía profundamente normal, sus órganos poco a poco se apagaban. Así se muere uno, pensé.

Yo tenía 55 años, nunca había dado a luz, nunca experimenté el embarazo ni los dolores del parto que culminan en la adición de una nueva persona al mundo, un milagro. Esa era otra diferencia entre Diana y yo. A ella le remordía la conciencia dejar a su hijo. Si yo me arrepentía de algo, era de nunca haber tenido hijos.

Al ver a Diana que se iba, me di cuenta de que eso también era una especie de milagro, un nacimiento en reversa. Una vez más, me estaba ayudando a ver el mundo de una manera distinta. Porque, así como una madre nueva se regocija con el ser vivo que ha producido, yo nunca me sentí tan intensamente viva como durante las últimas horas de vida de Diana, con mi mano cálida reposando sobre la suya gélida. Aquí estoy, aquí sigo.

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