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Las gemelas que juraron hablar solo entre ellas hasta que una muriera

El racismo de la sociedad inglesa motivó el pacto. La angustia de sus intensas vidas lo terminó.

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“Hay dos cosas en la vida para las que nunca estamos preparados: los gemelos”, escribió sin mayores pretensiones el humorista Josh Billings en el siglo XIX.

En abril de 1963, la irrupción de June y Jennifer Gibbons, dos hermanas idénticas que nacieron por tan solo una diferencia de diez minutos, ratificó que sus palabras eran una sentencia irrefutable.

Oriundas de la isla de Barbados, las gemelas Gibbons emigraron muy pequeñas a Gales, en el Reino Unido, por el anhelo de sus padres de buscar una mejor vida.

Pero la realidad fue que, desde entonces, las hermanas vivieron una odisea en la que no podían estar separadas, pero tampoco disfrutaban juntas.

En esa terrorífica encrucijada, la muerte de alguna se presentaba como la única forma de salvación.

Y así ocurrió.

Las niñas que no hablaban

Las gemelas Gibbons nacieron el 11 de abril de 1963 en Barbados. Foto: @cenayangfilms

Los primeros años de las gemelas Gibbons en el mundo no fueron los más gratos.

Ellas, al ser dos migrantes negras provenientes de un territorio colonial, recibieron cierto rechazo por varios sectores de la sociedad. Desde muy temprano comenzaron a sufrir la discriminación por parte de los otros niños.

Ese rechazo excesivo profundizó una particularidad que su padre, Aubrey Gibbons, destacaba con temor: las niñas no hablaban.

Según le contó June Gibbons, una de las gemelas, a Hilton Als, periodista de la revista ‘The New Yorker’, las intensas burlas habrían llevado a que las hermanas establecieran un pacto de supervivencia.

“Dijimos que no íbamos a hablar con nadie más. Dejamos de hablar con todo el mundo. Solo conversábamos entre las dos en nuestro cuarto”, dijo June.

La preocupación de sus padres y tutores desencadenó en consultas a varios médicos que trataran sus ‘aparentes problemas de habla’, pero nada funcionó.

Es más: una vez llegaron a separarlas para ver si se desenvolvían de forma independiente. Tampoco sirvió.

Lo suyo trascendía cualquier terapia del lenguaje.

Como dijo June, refiriéndose a su hermana Jennifer, en el documental ‘Silent Twins’, de la cadena británica ‘BBC’, su idea era que “un día, ella se despertaría y sería yo, y un día yo me despertaría y sería ella”.

Escritoras en problemas

El silencio que las gemelas Gibbons mantenían con la sociedad encontró su escape en la escritura.

Con escasos 18 años, ya habían construido al menos tres novelas. Pero, más allá de la literatura de ficción, su mayor logro fue que cada una llevó en un diario los registros de sus pensamientos más íntimos.

Ese sería el desahogo esencial para los cientos de emociones encontradas que encubría su quietud.

“Detesto la comida que destruye mi alma, mi rostro y mi cuerpo”, apuntó alguna vez June después del rechazo de un joven por el que se sentía atraída.

Llegó un momento cuando empezaron a cometer ciertos actos ilícitos.

Acostumbradas a jugar entre límites legales, una noche fueron capturadas cuando estaban a punto de prenderle fuego a una escuela local.

La policía revisó sus diarios y descubrió que lo visto era tan solo un ejemplo de las decenas de crímenes que habían cometido en los últimos meses.

“Toda esta semana he querido incendiar la tienda de tractores en Snowdrop Lane. Lo quemé hoy, con la ayuda de Jennifer, por supuesto. Fue la noche más grande de mi vida”, se leía en las páginas de June de días atrás.

Comprobados sus delitos, las gemelas fueron enviadas a un centro de detención.

A partir de ahí, su compañía dejó de representar complicidad y, de repente, encarnó el martirio.

“¿Cómo puedo deshacerme de mi propia sombra? ¿Imposible o no imposible? ¿Sin mi sombra moriría? ¿Sin mi sombra ganaría la vida?”, se preguntaba June.

La paradoja era certera: no podían vivir separadas, pero juntas tampoco. Eran una sola y a la vez ninguna.

Entre Caín y Abel

La historia cuenta que Jennifer y June Gibbons fueron evaluadas por varios psiquiatras mientras estaban recluidas.

William Spry fue el encargado de emitir el diagnóstico definitivo: personalidad psicótica.

 

Juzgadas por más de 16 delitos, entre los que sobresalían el robo y el incendio premeditado, las gemelas fueron enviadas al Hospital Psiquiátrico de Broadmoor, el centro médico de alta seguridad más antiguo de Inglaterra.

Pocos días después de haber llegado, las gemelas tuvieron complicaciones con el personal de salud dado su difícil comportamiento.

En medio de anécdotas de ese talante, completaron 12 años de permanencia en aquel lugar.

Durante ese tiempo, su caso despertó el interés de distintos periodistas.

En especial el de Marjorie Wallace, reportera entonces de ‘The Sunday Times’, quien sería la encargada de escribir la biografía de las Gibbson bajo el título ‘Las gemelas que no hablaban’.

Con acceso irrestricto, Wallace fue testigo permanente de las vivencias de las Gibbons.

Ella fue la depositaria del secreto más íntimo de las gemelas.

“Marjorie, me voy a morir. Lo hemos decidido”, le comentó Jennifer a escasas horas de que fueran trasladadas a un centro mental de menor seguridad.

‘Si una moría, la otra debía empezar a hablar y llevar una vida normal’, era el lazo que habían estrechado las gemelas.

“Estábamos cansadas de la guerra. Había sido una batalla larga, alguien tenía que romper ese círculo vicioso”, fueron palabras de June, según un artículo de ‘The Guardian’.

La liberación

El 9 de marzo de 1993, las gemelas Gibbons fueron trasladadas a la Clínica Caswell.
Con escasas horas fuera de Broadmoor, Jennifer sufrió un infarto que terminó con su vida.

A pesar de las sospechas, el informe de patología nunca demostró evidencia de alguna conducta autoinflingida que hubiese precipitado su deceso.

Desde entonces, según contó la periodista Wallace, June ha estado viviendo una “dulce liberación”.

Aunque aseguró en una entrevista con ‘The New Yorker’ que buscaba enfilar su vida de otra manera, el lazo con su hermana sigue vigente.

Todos los martes, June visita la tumba de Jennifer.

Allá aparece el mejor icono de su relación: el poema que escribió June. Un relato de lo que ambas vivieron y que la lápida inmortalizó.

“Una vez fuimos dos,

nosotros dos hicimos uno.

No somos más dos,

uno a través de la vida.

Descansa en paz”.

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